Jerusalén

Marionetas del teatro negro de Praga, esa podría ser una explicación plástica de la impresión que causan la última novela de Tavares. Con ese aspecto de Arrabal joven el escritor portugués nos reta a una historia que otros convertirían en un superventas policíaco de acciones rápidas, sin honduras, sin personajes y él nos entrega servidos en un hormiguero de cristal, desde el que podemos inspeccionar con toda la densidad que merecen sus rarezas estadísticas. A Tavares se le adhiere un aroma a entreguerras que no puede con él y por eso nos atrae con tanta fuerza, pues sus figuras, siendo terriblemente cotidianas suenan a Kurt Weill. En esta ocasión Mylia es su heroína trágica por accidente, doblada sobre sí misma por ese dolor que le hace llamar a la puerta de la iglesia como los criminales se acogían a sagrado en su huida.

Ella pertenece a los tipos humanos que la medianía social cataloga como recluibles y por eso vive su desmayo de hambre con mayor intensidad que la enfermedad, porque uno la hace saberse excluida de la muerte y el otro marca el minutero. Junto a Mylia, Ernst Spengler, resumido como esquizofrénico, obsesionado por separar las sustancias en el momento de la llamada que arranca el fotograma uno de esta película nocturna; Busbeck, investigador de la regularidad de la violencia, fascinado por la existencia desocupada de los ejecutores del horror. El marido de Mylia, poseedor de todas sus llaves, incluso la de ese hijo bastardo, Kaas está demasiado preocupado con sus estudios como para ver los peligros sin fecha de las ojeras de Hinnerk, siguiendo como un cordero los muslos de difícil datación de Hanna.

 Jerusalén. Gonzalo M. Tavares. Mondadori. Barcelona. 2009. 223 páginas. 

Una estética parecida es la de Hannah Höch, una artista de segunda, porque el collage es cosa de niños, que desde su mirada expresionista nos exhibió muñecas rotas, mujeres que observan y se sienten observadas, geométricas, solas, sonrientes…

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