Los horrores de tu ciudad

Barcelona-Valencia-Palma. Una historia de convergencias y divergencias

Invertir los términos es edificante y a muchos de los que amamos nuestra ciudad, Madrid, nos gustaría intercambiarnos por una vez con los hijos de la Corona de Aragón para que por ósmosis nos diéramos un baño de autocrítica. Ahora mismo el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona se carga de psicoanálisis urbanístico en una muestra que con el título de “Barcelona-Valencia-Palma. Una historia de convergencias y divergencias” huye de las fáciles complacencias para molestar al espectador con la propuesta de que sea él quien denuncie los espacios moribundos en medio de estas ciudades pensadas para el disfrute esteticista. Aquí en las tierras de nuestro señor feudal nada de eso es concebible: el aniversario de la Gran Vía se ha saldado con un tropel de eventos musicales multitudinarios, en los que no ha habido tiempo para pensar qué pasó con el templete de la estación que daba acceso al subterráneo, ni a pensar en soluciones que proporcionen visibilidad al Oratorio del Caballero de Gracia, perdido entre las fachadas. Si te apetece, podemos hacer también nosotros un mosaico con los mayores desastres causados por la voracidad urbanística, el cambio climático o la dejadez de las autoridades municipales. ¡Manda alguna foto del espacio más terrible que hayas encontrado en las calles de tu ciudad y luego las compartimos!  Y como no soy partidaria a caer por la pendiente del tremendismo, podemos hacer otro mosaico con los lugares más hermosos de cada una de nuestras ciudades.

Pero volviendo a esta exposición que estará abierta hasta el próximo 12 de septiembre en Barcelona, habrá quien vea en ella un nuevo conato de Cataluña de apropiarse de Valencia y Palma, alegando las similitudes en la estampa de estas ciudades y el vínculo de esa lengua, más o menos uniforme que las recorre como se expone en el mapa lingüístico donde se señalan las atroces heridas de una política de acorralamiento en Baleares y la Comunidad Valenciana, impidiendo que ese sano bilingüismo que muchos envidiamos perdure.

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