Entrevista a José María Pozuelo Yvancos

Dice que si tuviera que elegir uno de los “Cien narradores españoles de hoy” que aparecen en su último libro estaría cometiendo 99 injusticias, así que nos recomienda leer a Ivo Andric. José María Pozuelo Yvancos, uno de los críticos más prestigiosos de nuestro país, disecciona en 200 reseñas la narrativa última, enjuiciando la calidad y sin caer arrollado por modas o servidumbres.

Ha comentado que el libro es una recopilación de las reseñas que ha ido publicando como crítico del ABC de las Letras, por lo que hay algunas ausencias notorias…

Bueno, yo llevo diez años como crítico de novela contemporánea publicada por españoles; eso ya implica un ejercicio continuado de la crítica, por lo que al mismo tiempo no he hecho, por ejemplo, latinoamericanos que escriben en español, es decir, conlleva algún tipo de limitaciones, porque son otros críticos los que hacen esa sección en el suplemento cultural de ABC que es donde las he publicado -todas menos dos, una en la revista Ínsula y otra en la Revista de Occidente, porque eran también sobre novela española contemporánea y encajaban-. He querido que en el prólogo y en entrevistas que he ido haciendo ofrecer al lector la verdad, porque recoge sólo esa labor y por eso hay algún escritor que me hubiera gustado hacer y no he podido y que incluso he declarado que eran libros que me gustaban; por ejemplo, pienso en “Rabos de lagartija” de Juan Marsé que no hice, aunque he hecho otras novelas de este autor o la de Cercas, “Soldados de Salamina”. Hay algunas ausencias porque el libro está limitado a los últimos diez años, y sólo están aquellas publicadas en lo que llevamos de siglo.

La narrativa más actual…

Sí, y ésa era la idea, porque tengo otro libro en Península, “Ventanas de la ficción”, donde hablo de Cortázar a Delibes, libros publicados en el siglo XX. Esto es siglo XXI, aunque en el título pusimos “de hoy” en razón de que son muchos los títulos que están apareciendo como siglo XXI y nos pareció redundar en lo mismo. “De hoy” ya marca que son libros de la última narrativa española que, por otra parte, es una narrativa bastante interesante desde muchos puntos de vista.

Y en esta narrativa contemporánea hay algún narrador con un estilo con más sabor a clásico…

Hay varios clásicos; lo bueno de la literatura en general es que es un campo enormemente amplio con registros múltiples en los que hay escritores que cultivan cuentos más tradicionales, otros más experimentales, relatos hiperbreves, eso en el cuento sólo, y luego en la novela la hay de tradición más realista y otras como las de Marsé, un clásico, Luis Mateo Díez, que también es un narrador que tiene una impronta o Cristina Fernández Cubas, una narradora que está en la estela de los cuento de Edgard Allan Poe, mientras otros narradores y narradoras son más experimentales, que están indagando nuevas formas, estoy pensando en Menchu Gutiérrez o Ricardo Menéndez Salmón…

Así que son solamente los publicados…

No, he de corregir, publicados tengo más; hago cincuenta al año y en estos diez años he hecho quinientos y aquí aparecen doscientos, así que he hecho una selección, porque tampoco convenía. Aunque no todas las críticas son igualmente elogiosas, porque no he querido limitarme simplemente a constatar si el libro me había gustado, sino a argumentarlo y a decir en qué dirección. Incluso algunas de las críticas que presento de esos narradores, algún libro me ha gustado mucho y otro menos y no hay por qué no decirlo, pero obviamente hay que decir por qué la razón. El escritor es el primero que se lo merece, pues a lo mejor ah estado cuatro años trabajando con una novela y merece que si alguien dice algo sobre ella si no le ha gustado, diga por qué. Esta es una actitud que es la que me parece que preside el libro. Obviamente es una selección de otros muchos libros, porque a veces uno ha tenido que hacer algunos libros, pero luego se han quedado en nada, son mucho más circunstanciales o de autores que empezaron a lo mejor con mucha fuerza y después han ido a menos. Por eso hay algunas reseñas que han  quedado fuera. Por supuesto he hecho y leo mucho más, entre otras cosas lo latinoamericano que aquí no ha entrado y sin embargo, yo soy un lector de narrativa latinoamericana, por ejemplo, Bolaño, por citar a uno.

Quizá el que a uno se le ocurre de forma casi inmediata…

Ahora en Revista de Libros he hecho dos novelas de Bolaño y entrarán en otra compilación, pero básicamente porque la mayoría son las publicadas en ABC y hay otros críticos allí que hacen latinoamericana.

¿Y no ha pensado pedir el cambio de negociado?

No, porque tampoco es que uno sea un experto; uno está y no casualmente. El que a uno le guste Neumann, Bolaño o Laura Restrepo no significa renunciar a que mi especialidad mayor desde hace ya muchos años –no sólo como crítico sino como profesor y catedrático de Literatura y durante mucho tiempo he dado seminarios-. Ahora mismo voy a sacar otro libro, que sale el mes que viene, sobre dos narradores actuales, Javier Marías y Enrique Vila-Matas.

¿Tiene título ya?

Sí, “Figuraciones del yo en la narrativa en Javier Marías y Enrique Vila-Matas”; ya he corregido pruebas y he visto portada y todo. A lo mejor si hablamos la semana que viene ya está. No es sólo un libro sobre los dos narradores sin más, sino sobre la última narrativa de ambos en la que han hecho una figuración del yo narrativo en Jacobo Deza, por ejemplo. Me gusta más el concepto de figuración del yo que el de autoficción, porque se ha abusado mucho de él.

Menciona con cierta recurrencia en el libro que a la narrativa más contemporánea se la ha acusado de hablar demasiado del yo autobiográfico, de ser muy autorreferencial…

Sí, me he fijado mucho en eso, porque tengo otro libro en Crítica que es sobre la autobiografía y a mi ese problema del yo me interesa mucho intelectualmente. La semana que viene voy a dar un seminario en la Universidad del País Vasco sobre  autobiografía y lo he dado en Venecia, en diciembre. Es un tema que me interesa muchísimo, lo que ocurre es que se discriminan, no siempre bien, los límites entre novela y autobiografía y sobre todo hay mucho abuso de gente que juega mal con esos conceptos –muchas veces tiene que quedar claro qué es o no novela en una novela-.

¿A Pozuelo Yvancos le gusta que queden claras las fronteras entre lo que es o no ficción?

Sí, entre otras cosas, porque uno puede ver escritas en una novela cosas de personajes históricos que uno nunca sabe si esto es así o no. Un lector debe saber a qué atenerse, sobre todo con la historia, porque hay que llevar mucho cuidado. Uno no puede leer cualquier cosa sobre Azaña, Ortega, Unamuno o María Zambrano o quien fuere, atribuido a ellos y el lector debe saber. Así lo hizo Marguerite Yourcenar sobre el emperador Adriano y se ha hecho siempre. Hay posibilidad de hacer una novela, pero está claro desde el principio que es una figuración, una ficcionalización, la construcción de una imagen, una figura, que es legítima en literatura y debe quedar clara, porque sino para cubrir una falta de inventiva se echa mano de lo histórico, incluso de las biografías de otros y hay que llevar cuidado con eso.

¿A título personal le interesa más ahondar en la interpretación del propio autor a través de los personajes, novelas más experimentales?

En las Azores di una ponencia sobre ello, porque me interesa mucho la escritura ensayística; hay un yo que es el de Montaigne, reflexivo. Por ello siempre me ha interesado Marías que siempre ha sido un yo reflexivo, pero también Vila-Matas, por esa misma ilusión que nos acerca, aunque la gente tiende más a pensar cuando lee esas novelas en el género autobiográfico que en el que debe pensar que es el yo ensayístico, el yo reflexivo que es un yo pensante y al mismo tiempo un yo narrante. Ése es el que más me interesa a mí y que comparten Thomas Bernhard, Sebald, Coetzee, la gran literatura europea y mundial. La gran literatura que yo sigo normalmente es ésa.

Mencionaba a Roland Barthes que decía que “quien escribe no es quien existe”…

Claro, Roland Barthes era un gran detentador de fórmulas, quiero decir que hacía frases felices y ésta es verdad, esa es una experiencia común de todas las gentes. Por eso cuesta tanto escribir incluso una carta, porque el hecho de la escritura implica ya una figuración –hay una representación en la escritura-. Quien cuenta quien fue, ése ya es otro, distinto del que fue y luego ya, quien lo representa en un personaje no biográfico necesariamente, otro. Muchas veces los autores ceden a diferentes personajes suyos, hombres y mujeres; hay autores como Álvaro Pombo que han escrito figuraciones de mujeres y es donde más destaca en la capacidad para figurar personajes femeninos y al contrario también se dan mujeres que escriben sobre hombres. No necesariamente son elementos autobiográficos, lo que sucede es que son reflexivos.

Y en ese extrañamiento de la narrativa contemporánea habla de que desconfían de la línea recta, fragmentando de forma forzada para lograr un ritmo más actual…

Obviamente no se puede ya escribir igual después del cine o antes que después de internet. No es igual, porque la experiencia de lo narrado, de la realidad es muy distinta; por ejemplo, el mismo sentido del tiempo, porque nosotros estamos modificando los sentidos del tiempo, del propio espacio. Eso de que nosotros recibamos y comuniquemos simultáneamente noticias que a lo mejor han ocurrido a miles de kilómetros de distancia es algo que no ocurría hace tan sólo treinta o cuarenta años. Esa fragmentación tiene que ver con un sentido diferente de lo que es la linealidad y el tiempo y esto creo que sí va a influir notablemente sobre la novela, lo mismo que el cine modificó la novela. Eso Ortega lo vio perfectamente; Ortega que era un lúcido, de una enorme lucidez vio que ya no se podía seguir haciendo novelas realistas, por eso cuando habla de la deshumanización del arte habla de la desrealización. No podemos seguir haciendo un arte a la medida real, tenemos que hacer un arte ensimismado. En cierta medida, interior y entonces saluda a Proust. Cuando Ortega dice esto sobre Proust, éste acaba de publicar “La recherche” y se da cuenta de lo que están haciendo no sólo Proust, sino Virginia Woolf, la mujer que más lejos ha llevado el discurso interior. Y por qué coinciden Proust, Virginia Woolf, Joyce y todos los del discurso interior, porque ha habido una quiebra y ahora estamos viviendo otra y la fragmentación tiene que ver con ella.

¿Hemos salido ya de ese intimismo y ahora se hace necesario por la deuda con internet hacer un lenguaje mucho más inmediato?

Hay sobre todo una mayor fragilidad del género, porque los medios los han mezclado; hoy día lo poemático, el cuento, el hiperbreve, el blog, la crónica periodística, hacen que la gente se relacione con la escritura de muy distintas formas. Obviamente la literatura eso tiene que saberlo y lo sabe y hay autores que son muy sensibles a eso; otros menos, pero no hay porqué estar al salto de la moda. Hay quienes van experimentando con eso y entran en esa dimensión. El gran lujo que ha tenido siempre la novela es que es una escritura desatada; ya Cervantes, el primer grande de la novela actual dijo que era una escritura “en la cual el autor puede mostrarse lírico, trágico, cómico”. Su grandeza es ésa y el error de mucha gente, porque el siglo XIX marcó a la novela totalmente, es querer que la novela sea la del XIX.

A la hora de valorar un texto los recibe ¿en casa, en la Universidad?

En casa unos, otros en la Universidad. Me llegan bastantes más libros de los que puedo leer por desgracia mía y por suerte, porque por lo menos estoy un ratito con ellos y los veo y estoy un poco informado de lo que va saliendo.  

¿Y es usted de los que diagonaliza?

No, yo puedo ojear un libro, pero si me pongo a leerlo, de cabo a rabo y desde el principio hasta el final, salvo que su calidad sea muy deficiente y entonces lo deje.

¿Le ha sucedido en muchas ocasiones?

Sí, sí me ocurre. Cuando un novelista lleva cien páginas y es pedestre…, bueno, si es pedestre se ve antes. Muchas veces es irregular, uno no sabe, pero eso se ve, porque hay un poco de oficio. Yo tengo la suerte de que me suelen enviar libros de autores ya consagrados, porque me tienen de crítico de referencia si sale algo nuevo de Pombo, Marías, Soledad Puértolas, Clara Sánchez… Eso es muy bueno, ahora, también es cierto que hay mucha gente nueva que está trabajando muy bien y en este libro hay cerca de una mitad que son menos esperables, porque en la selección he procurado que  emerjan narradores de hoy de los que la gente habla menos y son muy buenos. He querido que no sólo aparezcan los Muñoz Molina.

Una de las ventajas de ser crítico es la posibilidad de ser sorprendido por nuevos autores o títulos que uno no hubiera comprado por su propia voluntad…

Ahí hay un elemento apasionante cuando alguien descubre algo y en la cultura actual funciona el boca-oreja o por e-mail. Un amigo me ha dicho hay una novela de Julio Oveja, en el Aleph que es magnífica, así que la próxima vez que hable con ABC diré, la quiero hacer.

¿Tiene la opción de hacerlo?

Hay un margen, pero es una posibilidad que tienes que ir combinando con el propio servicio que un suplemento cultural tiene que prestar; si ha salido una novela de Marsé –aunque ahora no vaya a salir ninguna nueva, porque no escribe-, o un Caballero Bonald uno está a eso y hay que hacerlo y eso hay que cubrirlo. Ahora yo quiero y es una voluntad constante y que tengo la suerte de que me la respetan y la comprenden de que haya la atención a nuevas voces, porque si no sería igual. Si se repasan los cien nombres, verá que hay treinta o cuarenta que son mucho menos convencionales, incluso  de los que la gente no había hablado. Hay algunos que ha aparecido por primera vez algo sobre ellos en español, por ejemplo, Berta Vías Mahou, que es una escritora magnífica y nadie la había atendido –tiene un libro estupendo en Acantilado, “Los pozos de la nieve”.

Cuando le hacen recomendaciones ¿suelen acertar?

Sí, todo depende. Con gente que pertenece al mundo editorial o gabinetes de prensa hay que tener la distancia normal en estos casos, porque el de un concesionario Mercedes te dice que los Mercedes son los mejores coches del mundo y el que está en una editorial promociona a su gente. A eso, claro, le hago un caso menor. Otra cuestión es la fiabilidad de ese amigo, que es fundamental en la literatura; uno sabe que tiene siempre siete u ocho personas a las que les haces caso porque no se les ocurre decirte de un libro mediocre que es muy bueno, porque hay un pacto de autenticidad en la relación y eso ayuda mucho, porque a veces se te pasan libros desapercibidos, porque hoy en día se publica muchísimo.

¿Lleva bien el crítico el ser el carnicero de la narratología? Seguro que más de uno le pide una prescripción casi médica a usted que tiene un criterio muy lejano al del lector medio…

Sí, es difícil, pero todo depende del lector, por eso a mi me gusta en las críticas hablar un poco de qué puede esperar este lector, incluso ha habido gente que le ha desconcertado el que haya hecho críticas de una novela que tiene un planteamiento de lector de best-seller y si está bien hecha, he dicho que como tal se lee con agrado y está bien planteado y no pasa nada. Hay lectores que buscan eso, novelas de intriga trepidante, de género y es fundamental que les digas qué es lo que en un libro van a encontrar o decirles que es una novela más especializada para un público muy inquieto y eso hay que decírselo, porque no todo el mundo recomienda a todo el mundo lo mismo, pero eso son cosas de la vida. Uno a un determinado amigo le recomienda un determinado tipo de ropa o de música, en función de quién te figuras que ése es y no todo el mundo es lo mismo. Cuando a mí me preguntan ¿qué libro…?, yo digo, ¿para qué lo quieres? Me preguntan mucho por libros para regalar y obviamente piensas en qué tipo de libro es bueno para regalar y para qué tipo de persona. Tengo una experiencia decisiva para mi que es que tengo un club de lectores mayores en Murcia, con unas doscientas personas apuntadas y hacemos un libro cada mes y medio. Hacemos una lectura; yo les hablo de un libro ya leído por ellos y vienen unos cien –no vienen los doscientos por fortuna-, pero vienen cien y al ser personas de un segmento de edad uno también pone un tipo de libros, porque tampoco a todos tus estudiantes universitarios les pones el mismo tipo de libros, porque hay algunos que son muy dados a lo experimental, a lo nuevo y otros que son más tradicionales.

Este club de libros es una rareza entre los críticos y le permite mantenerse alejado de esa tentación elitista de leer sólo alta literatura para sentirse satisfechos…

Sí, a mi me sirve para equilibrar esa tendencia y además, yo creo que es muy positiva. Es una experiencia que en realidad me está sirviendo mucho, porque entras en contacto con gente que se expresa y me he llevado grandes sorpresas. Puedes pensar en ponerles un libro pensando que la gente se engancha, donde no hay fallos y te dicen “profesor –porque me llaman profesor-, nos ha parecido que le falta entidad y otros como “La plaza del diamante” les encantó, porque les costó entrar, pues tiene muy poca acción y es un personaje femenino en la posguerra, pero les atrapó por su lenguaje…, y ellos lo que valoraban era que tenía un lenguaje enormemente cuidado.

Algo que no encuentran en la generación Nocilla…

Claro, no lo encuentran  igual en las generaciones jóvenes, porque a veces han descuidado mucho eso, porque piensan que basta con ser un poco rompedor, juegan a eso y al final el lector quiere literatura, también el buen lector. Ahora, la literatura es muy variada y eso es para lo que te sirve equilibrar el contacto con lectores que son uno un juez, la otra es abogada, y todo eso te pone en contacto con la calle y eso es bueno.

A la hora de pesar el alma del libro como harían los egipcios el veredicto positivo depende más de una buena calidad estructural narrativa o de una cierta filiación poética…

Depende, porque muchas veces la mucha poesía puede matar un libro o elevarlo. Por ejemplo, la mucha poesía de Marguerite Yourcenar puede matar “Opus nigrum”, por habérsele ido la mano en esa dimensión y es magnífico, está bien escrito, pero en la novela hay que llevar un cuidado en ese terreno. Otros pueden descuidar lo que es la tensión o pueden lograrla en otros libros muchísimo. En eso yo siempre digo que la literatura es un territorio tan enorme, por fortuna, tan variado que el que a uno le guste –lo voy a decir con poetas- Góngora, no significa que no tenga que gustarle Quevedo o Federico o cualquier poeta actual.

¿Y en ese paisaje que es la literatura sigue habiendo rutas sin explorar o eso queda ya para los autores del Este, y en la española recorremos siempre los mismo territorios?

Le voy a decir una cosa, ya no hay en la literatura española tanta caspa, tanto casticismo; yo creo que eso se vivió en cierta forma en los años sesenta, una especie de ombliguismo, de falta de horizonte y de salidas -¡Ojo, también había gente que las tenía! ¡Juan Benet tenía salidas y otros muchos! No se puede generalizar, pero en cualquier caso si hemos de decir algo, hoy día los jóvenes son más leídos en literatura extranjera muchas veces y así, uno está leyendo a Javier Calvo, por ejemplo, o a Casavella y te das cuenta que hay literatura americana asimilada, leída, incluso son traductores de ellos o gente como Andrés Ibáñez que ha leído a Wallace Stevens. No creo que la frontera, dentro-fuera hoy sea tan fácil de establecer, porque en lo que voy leyendo de novela hoy día Javier Marías o Vila-Matas, no tienen nada que envidiar a cualquier escritor europeo, por citar a los que más he trabajado últimamente, o Luis Mateo Díez o Pérez-Reverte, cada uno en su estilo y he citado distintos estilos.

Hablando de Luis Mateo Díez o José María Merino, ese clan leonés en el que se echa de menos a Aurelio Loureiro…

Fui jurado de un premio que le dimos en el NH de cuentos a Loureiro y me encantó ese libro de cuentos de la mina, sobre todo, lo recuerdo. Yo no lo conocía de nada –los de NH son muy serios en resguardar el anonimato- y sin embargo, no sé si ese libro lo ha llegado a publicar, porque a mí no me ha llegado y no he tenido la suerte de hacer la crítica y por eso no lo he incluido. Pero como él a muchísimos otros.

Este clan leonés quedaría dentro de la categoría o serán parte de la anécdota literaria… ¿Es posible deslindar la pequeña de la gran escritura contemporánea?

Sí es posible, por ejemplo, entiendo que los territorios que está explorando Luis Mateo Díez, del alma podríamos decir son bastante más amplios en la última literatura suya que en la primera. Él empezó mucho más vinculado a una anécdota de la provincia, aunque siempre tuvo elementos fantaseadores y ahora básicamente ha llegado a un elemento casi, casi metafórico, son fábulas metafísicas. Él está en esa línea y ha evolucionado. Hay que llevar cuidado con la calificación del grupo leonés, porque uno tiende a hablar de ellos como si fueran historia de la literatura y no, porque primero están indagando obras muy distintas. Merino, por ejemplo, al que lo voy siguiendo está tratando un tema muy actual, el de los  enterramientos en la guerra civil en su última novela y eso no lo había hecho antes. Es muy distinto ese Merino al anterior; finalmente los autores buenos son aquellos que tienen un estilo, que han conseguido un estilo. Lo mejor que le puede pasar a la relación de un lector y un autor es que al abrir el libro digas, “éste es Luis Mateo o Merino o Almudena”.

Porque es la transición del pensamiento filosófico a la literatura, conseguir una visión del mundo, una definición muy exacta a través de la que mirar…

El autor que ha logrado tener una mirada se individualiza. Muchísima gente no advierte que cuando se tiene un conocimiento histórico-literario y has trabajado autores de diferentes épocas y estilos te das cuenta de que finalmente cada uno se ha definido, Galdó, Baroja, doña Emilia –digo la Pardo-Bazán-, sabes quiénes son. Todos tienen un estilo indiscutible; claro, cuando lo han logrado es que ahí hay algo y eso es lo difícil de conseguir. Muchos jóvenes piensan que con simplemente remedar a otro van a aprender, pero eso son pecados de juventud creadora.

¿A José María Pozuelo le cuesta mucho entrar en ese pacto de ficción o deja suspendido fácilmente su descreimiento. ¿Le enganchan con facilidad las novelas, depende de lo bien engarzadas que estén? Tal vez siendo crítico es complicado dejarse engatusar como el lector primerizo…

A veces te cuesta mucho; las trampas se ven con mucha facilidad. Cuando uno lleva ya mucho leído a un autor tramposo se le descubre con facilidad. A mi me puede apasionar muy distinta literatura y me ha gustado siempre variar de tonos y de estilos en la lectura, porque ahí hay un peligro en sólo leer un estilo, porque se te forma una cierta insensibilidad hacia el resto. El que sólo escucha a Beethoven, a lo mejor no aprecia la música folk e igual ocurre en la literatura. El problema es que cuando has leído muchos libros al que mete un caballo como en el ajedrez lo ves enseguida y eso sí que no lo admito. Precisamente las críticas negativas no son muchas las que hago, pero a veces sí que doy algún palo y suelen coincidir con trampas, con haber presentado una cosa y haberla resuelto tramposamente, porque eso no creo que sea bueno.

¿Algún  autor le ha resultado fullero en las últimas páginas, porque a veces hay novelas muy logradas que están mal resueltas, no se sabe si por exigencias editoriales o por otros motivos y quedan fallidas?

Sí, eso me ha pasado, incluso recientemente había un muchacho que me gustaba muchísimo cómo empezó la novela y se le fue, y no era una novela larga, pero no está incluida en el libro y como tampoco es muy positivo lo que estoy diciendo, tampoco quiero decir quién es. Cada novela tiene lo suyo, pero esa que tenía 150 páginas nada más, quería tener sólo cien, ser una nouvelle y a lo mejor para hacerla libro la llevó adonde no tenía que ir, como le ocurre a un buen cuento, que no tiene muchas páginas.

¿Tiene alguna manía como lector cuando va a comprar libros? Hay quien lee la última página del libro para saber si la calidad se mantiene…

A mi los inicios me interesan muchísimo, el modo de empezar, el arranque y creo que todo novelista debería saber que la primera página es fundamental. Hay gente que se pone a escribir de modo descuidado.

¿Recuerda algún comienzo que no sea el Quijote?

“El sabor de las almendras amargas” de “El amor en los tiempos del cólera” o los de Marías, el “no debería uno contar nunca nada”, un inicio que te mete en la novela, o el “todas las familias felices son iguales, cada familia infeliz lo es a su manera” de Tolstoi o el de “La metamorfosis”. Hay grandes comienzos, de gente de un gran nivel, porque son también de un gran nivel cuando comienzan también y lo han cuidado. Por qué son de un gran nivel, porque han cuidado mucho los comienzos.

Y estos “Cien narradores…” si se toma como un vademécum,  no sé qué diagnóstico haría el doctor Pozuelo Yvancos del enfermo novelístico, si tiene pronóstico reservado o mejora día a día…

Hay un problema quizá de superproducción, desde mi punto de vista. Se publica demasiado y eso que las editoriales no son ONG y si se publica es porque tienen sus lectores. El problema es que a la hora de seleccionar hay cosas mucho mejores que otras, por eso yo luego en los ensayos aparte o ponencias ya me dedico a los autores que más me interesan, pero claro, como crítico no. Diagnóstico de crítico: vivimos un buen momento de la novela española, muy bueno, sobre todo por su variedad. La literatura española ahora se ha desencorsetado, ha quitado los viejos complejos y aunque hay ciertas tendencias de permanencia, por ejemplo, la obsesión con la guerra civil.

En esa buena salud de la novela influye un distanciamiento de temas recurrentes como ése, el crepúsculo de las ideologías y el ascenso del cuento que ha influido decisivamente en la narratividad de la novela…

Sí, las tres. La guerra civil permanece y es una línea de fuerza; ahora se ha tamizado porque está empezando a entrar la Segunda Guerra Mundial que está comenzando a interesar a muchos narradores actuales y también temas cosmopolitas. Berta Vías Mahou trata sobre la Alemania de entreguerras –es traductora de alemán-, conoce muy bien ese mundo y habla de una familia prenazi, cómo se inicia ese mundo. O Andrés Neumann, en “El viajero del siglo” sobre la Alemania de 1827. Hay jóvenes que se están haciendo cosmopolitas en los temas y eso es interesantísimo. No todos están en contar al abuelo la guerra civil y están saliendo de ese asunto. Entre los señor también hay de todo, pero hay cosmopolitismo en muchos de ellos desde hace años.

En cuanto al crepúsculo de las ideologías, que por cierto es un sintagma de Gonzalo Fernández de la Mora y surgió con el advenimiento del Opus Dei al Gobierno que se creían tecnócratas, no lo creo. No, la novela nunca ha vivido eso; las ideologías serán más o menos protuberantes y ya no tienen tanta necesidad de ser tan reivindicativas. Hubo un momento en que la novela se ideologizó muchísimo porque era antiFranco y había que hablar de ello; era lo que tenía que hacer en ese momento.

Era el compromiso necesario…

Efectivamente, no era exceso. Lo peligroso es seguir en esa impronta y de eso hay que zafarse; no podemos estar hablando de Franco constantemente.

En el libro habla sobre Bernardo Atxaga o Aramburu y ETA. ¿Hay capítulos de nuestra historia que no se hayan abordado?

A Atxaga le reprocho que podía haber ido más lejos, porque la ficción embellece, aunque creo que la novela en general está bastante bien. ETA está empezando a aparecer como un tema sólido, ya hay tres o cuatro buenos libros –que yo conozca- sobre eso y que están muy bien. Este de Aramburu, otro de Raúl Guerra Garrido sobre la historia de un guardaespaldas… Si embargo, el asunto de la mixtura racial, los tabúes multiculturales no está en la novela.

¿A pesar de obras como la de Ángeles Caso?

Pero todavía no hay una gran novela sobre el problema de la prohibición de amar a otro o a otra. Nadie ha hecho una novela sobre las nuevas fronteras sociales, que son fronteras; hay síndromes y miedos que la burguesía tiene. Las relaciones que uno puede establecer con gentes de otras razas que lo estamos viviendo, pues nos estamos convirtiendo en una sociedad resquebrajada, en el sentido de que ya no es uniforme, es compleja, pero sin embargo, hay varias heterogeneidades que no están abordadas. Yo si fuera novelista me plantearía esa gran cuestión que es muy difícil y cruenta muchísimas veces. He leído que lo han hecho autores israelíes al hablar del amor entre un judío y una palestina, ¡qué gran tema, no sólo en términos vindicativos del hermanamiento de las culturas, sino en términos reales de lo que está suponiendo la vida en pueblos y la configuración de guetos! ¡Eso sí que lo echo en falta! Todavía la novela no transpira lo que uno ve cuando va por los alrededores de Atocha. Veo allí mucho más que lo que la novela me muestra y eso es un problema de la novela actual.

¿En eso ha podido incidir la pujanza del periodismo robándole espacio?

Es que hay cosas que solamente se pueden decir desde él, a cada uno lo suyo, aunque siempre ha habido una conexión tremenda –la idea de Ana Karenina la tomó Tolstoi de un periódico. Eso ocurrió, una mujer se tiró a un tren –no lo ponga eso, por si alguien no la ha leído, no desvelar cómo termina-. El problema del discurso interior es muy difícil que lo reproduzca un periódico; ése es un privilegio de la novela.

Y temas como la descolonización inacabada del Sáhara…

La novela de Luis Leante que fue premio Alfaguara, “Mira si yo te querré” era un buen tema, porque es un asunto que también ha tratado Javier Reverte en “El médico de Sidi-Ifni” o el tema marroquí en Lorenzo Silva. Ya hay autores que se están empezando a meter en asuntos de la historia que están completamente inéditos. Una sociedad como la de Ceuta o Melilla de hoy está sin novelar y uno se pregunta por qué se ha hecho la Alejandría de principios de siglo y hoy nadie hace las novelas de frontera.

Cuando se habla de escapismo se piensa en paisajes bucólicos, pero el auge de la novela histórica permite rehuir temas como el GAL, la guerra de Iraq…

Las fronteras, lo que ocurre, lo que piensa un soldado que está en una trinchera, qué piensa del árabe al que tiene que matar o que le van a matar a él. ¿Qué siente? Nos contentamos con el discurso. Uno va encontrando la gran misión de Occidente, pero es el privilegio y por cierto la responsabilidad de la novela entrar en esos territorios, pero no entra. Muchos jóvenes piensan que la gran originalidad está en imaginar en su habitación, cortando y pegando de internet; no es que lo quiera demonizar, pero es una pena que esos temas de una enorme fuerza que les proporciona la vida no se metan. Hay una pérdida y un cierto embelesamiento en los asuntos de la burguesía que no es más que una parte de la población –claro que es la que lee-.

Falta la literatura de la berza…

Falta una literatura que se comprometa con los problemas de quien no lee, de ese sargento que está en la guerra y se plantea qué hago yo aquí. Alguna vez algún novelista pensará, voy a representar este conflicto. El único futuro que el periodismo tiene es la especialización, ofrecer lo que internet es muy difícil que ofrezca. Umberto Eco ya lo vio, decía que íbamos a una progresiva medievalización –la gente no lo entendió y pensó que hablaba de ponerse armadura-, porque iban a nacer los nuevos gremios culturales, los nuevos segmentos, capillas a las que van a ir los medios de comunicación. El amante de la cultura ya no encuentra lo que le interesa y el público se va a ir fragmentando.

¿Trabajar para un suplemento de un periódico con una ideología influye en las lecturas que le proponen?

No, en eso hay que ser justo, porque el medio cultural en el que yo colaboro tiene una segmentación, una línea ideológica, pero eso nunca ha influido en los libros y salen libros de diversas ideologías. Si uno mira el libro todas esas críticas se han publicado y hay una variedad de procedencia ideológica, de edad, regional, de género que no deriva de una orientación. Una particularidad de este país es que tenemos tres o cuatro  suplementos culturales buenos, unos mejores que otros, pero eso no existe en Europa.

¿Se ha arrepentido de alguna crítica a posteriori o algún autor que haya abandonado después de una crítica suya, aunque no lo creo, porque siempre hay una cierta dulificación?

Siempre he aborrecido de eso de decir “aquí te espero, ésta es mi oportunidad”.

No es de los que ajusticia autores…

Nunca me gustó, porque uno no debe edificar sobre la dureza ningún tipo de firma y competir. Yo ahora soy autor y también te has sometido a la crítica y eso da un poco de humildad. Sí que ha habido gente que no ha reaccionado demasiado bien, sobre todo, algún autor que me ha producido una enorme decepción, porque te quiere mucho si eres elogioso y reaccione de modo contrario si le has puesto pegas…

Sólo apreciaba el panegírico…

Y esto lo digo, porque cada crítico tiene un modo de enfrentarse a las cuestiones. Yo pretendo que se me note que sufro cuando tengo que decir que no me ha gustado y debe también apreciarlo el otro. He tenido experiencias, no demasiadas, poco gratas.

Ha deseado haberse dedicado a la física nuclear para que no le asalten siempre para que recomiende la lectura navideña…

No, por eso normalmente tengo una coartada, decir “léeme” o “cómo se nota que no me sigues” para evitar esa recomendación. Normalmente no golpeo muy fuerte, pero mido mucho cuando digo que me entusiasma; sí que quiero que el lector sepa diferenciar dónde está el entusiasmo, lo que es pasable y tengo la fortuna de poder decirlo.

¿Y cuál es el libro que está leyendo ahora?

Diría uno extranjero y no necesariamente de los más conocidos, “Los puentes sobre el Drina” de Ivo Andric, o diría ¡lea a Bernhard! Si dijera uno español habiendo escrito “Cien narradores…” ya habría 99 injusticias; si he escrito un libro sobre cien es porque no quiero elegir uno.

Es seleccionar un apóstol en la última Cena…

Habla de que quiere comunicar y las reseñas transmite un criterio, pero distinguiendo entre opinión y juicio como señala al principio…

Para mí eso es fundamental; es legítimo que se tenga una opinión negativa  sobre el Quijote, otra cosa es hacer un juicio de valor. Uno tiene la responsabilidad de convertir una crítica en un juicio, no en una opinión, porque éstas nunca son trasvasables. Hay casos nombradísimos, por ejemplo, Voltaire denigraba de Shakespeare o Clarín pensaba que Federico Balart era mejor que Bécquer.

¿Tiene algún crítico de referencia?

Me encanta Azorín y lo he redescubierto, tiene una frescura, es penetrante como él solo y es el único que descubre “La Regenta” que había pasado desapercibida a principios del siglo XX.

¿Y usted ha descubierto algún autor que le ponga en las enciclopedias?

He hecho dos o tres apuesta por gente joven, incluso hay muchos que no he descubierto yo y que ya estaban escribiendo antes de que yo hiciera críticas, pero hay tres o cuatro por los que he apostado fuerte como Berta Vías Mahou, Cristina Fernández Cubas, aunque es más reconocida, las dos mujeres que más me interesan ahora. A ver si luego la historia de la literatura luego va por ahí.

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