Naturaleza golpeada

En los tiempos de la desilusión y el desarraigo

       nace entre colinas el almendro,

              -en el que mi instinto te ata de retazos-

       para recordar a todos que las flores de cerezo

       caen

       irremediablemente.

       Porque se sienten repletas

       y cansinas,

       porque la desesperación

       ha cundido entre sus hojas

       y nadie más podría impedir

      un descenso al desencanto.

      Desde que el alma pugna por quererte,

      te busco.

      Desde que imagino las trayectorias aladas de tus pies.

      las recorro mentalmente con las manos

      para aprehenderme de cada golpeteo al asfalto,

      de cada suspiro caído en las baldosas

      y cada tú

      que arrojas sin saberlo.

      Miro

      los ejercicios de cuerpo en que consistes

      y me convenzo de verte hecho pizarras

      y dibujarte aéreo,

      fluido,

      mártir

      o gaseoso,

      nebulosizado en pantomimas de quereres.

      Te amo con esta pequeñez que me rodea,

      te enjaulo con mis brazos,

      te secuestro

      y creo para ti un mundo aéreo

      donde lo ficticio es real

      y lo real…

      aquello que interpretas

      oferente.

      Hazte verbena y jacinto o cuélamo

      y subraya en mi tu poesía.

      ¡Déjame ejercerte por una noche,

      por un minuto que se cumple

      al notar tus manos frías!

      Eres el aire que sagaz penetra en mi garganta

      poblándolo de sueño y alucinaciones,

      queriendo ser alumbre santa

      que ilumina el amor

      gris de ficciones.

      Cuando por entre el mar te asalte,

      te vestiré de espumas y azucenas

      y coronaré tu pecho de muermo,

      muérdago,

      amor…

      adiós y espina.

      Espiga

      se criará en tu baluarte

      y de nadie atreverá

      su voz a traspasarte

      blandiendo en cualquier caso

      la comida del alma

      y el espíritu en descanso.

      Puño veloz

      y claro reclamo,

      resuena estridente en su medida

      sin confesar amor,

      ni anunciar sexo,

      luchando sólo por obtener la vida

      y deletrear en ella la p-a-l-a-b-r-a de cinco letras

      y alabanza de tus hechos

      que crean de trigo otras heridas.

      Son verdes las razones

      y negros los muslos

      y rojo el corazón que pongo dentro,

      exiliado de sí,

      no siendo otro el que reclama esta voz

      -que entona ajeno-.

      No es tu voz la que perdí,

      ni fue otro tu acento.

      Reconocí tu olor entre los cientos

      de pasos caminantes

      indecisos

      que recubren el asfalto y hacen de él,

      mundo-asilo.     

      Tira, absorbe y reclama.

      ¡Oye mi voz que muda en tormenta!

(Alicia González)

Anuncios