Yo no soy racista, pero…

Leo hoy la historia de Miwa Buene y el título de este post que tenía pendiente cobra una escalofriante actualidad; cada vez que alguien quiere exculparse ante los demás, pero sobre todo frente a su conciencia por una conducta inapropiada y susceptible de ser calificada de racista o xenófoba recurre a la frase de Quasimodo refugiándose en Notre-Dame y grita “¡santuario!” que en la formulación actual sería “Yo no soy racista, pero…”. No hace mucho al entrar en una farmacia a pedir un medicamento en cuya composición entra la codeína la manceba nos aseguraba a una amiga y a mí: “os lo doy porque tenéis buena pinta, porque si hubiérais sido uno de esos moritos, ni hablar”. Por poneros en antecedentes de la escena, el conjunto de clientes lo formábamos cuatro personas, dos de ellos hombres y dos “cándidas” mujeres, en plena plaza de ese barrio multicultural de Madrid. Nadie podía garantizarle a la boticaria que acto seguido no fuésemos a revender ese producto que por lo visto se consume como psicotrópico según nos explicó, dándonos una información harto peligrosa si hubiéramos sido una pandilla de descerebrados. Pero no, tan sólo éramos unos probos ciudadanos, reclamando una dosis medicamentosa que de acuerdo con lo que nos indicó está prohibido dispensar. Es decir, que su deber de control y vigilancia de la salud de los ciudadanos se circunscribe más a detectar la tonalidad de la piel, para cerciorarse de que no vamos a hacer mal uso de la dichosa medicina y no tanto de cumplir la legislación que parece haber proscrito la dispensa del preparado.

¡Líbrenos Dios de los que excusan los defectos de los demás, porque de los que confiesan los propios ya se encargará la ley!

http://www.anpi.it/patria_2006/10/00_LE_FOTOSTORIE_13.pdf