El día 27 se paró el reloj del autocontrol

La que era mi casa, mi refugio, el espacio que me pertenecía, el de mi seguridad y la puerta que cerraba a los otros quedó definitivamente abierta a la desolación. No sería hasta días más tarde que perdería la palabra padre, pero el dolor ya se había adentrado tanto como para hacer inviable el sosiego, la calma, la capacidad de decir. Sólo me quedaba la acción…, quizá es eso lo que les sucede a los grupos violentos que, olvidados de sí mismos, vuelcan en la trepidación ese desespero de no poder abarcar su desconsuelo, la desesperación de saberse solos, abandonados a ser y decidir.

Anuncios