La costa ciega

 

Una forma peculiar de morderse el labio delata a la joven Cecilia, por mucho que ahora quiera llamarse Camboya para huir del pasado familiar que la asfixia; Ernesto, el padre, aborrece en el rechazo de la hija su propia condena, la de saberse delator; la abuela, Pola, se sobrepone a haber tenido tres hijos, para sufrir tres pérdidas, una de ellas, la más querida, esa hija militante. Las multitudes guardan secretos caminantes y los pasos desorientados de esa muchacha abandonada en la playa tropiezan con la historia íntima de un hombre que sale al paso, cargado con un equipaje emocional de parecidas etiquetas.

Arturo, el antiguo trabajador de la imprenta, enamorado de una muchacha idealista en una peligrosa dictadura que no entendía de juveniles arrobos, recompone en la costa uruguaya su destino. Allí, dos hermanas, las inglesas, se integran en una extensa constelación familiar de identidades entrecruzadas, secuestradas, a las que llega Arturo Balz con su mutismo. Un espacio sin colores, o con los de esas neblinas de yodo y agua, trasunto de una desolación llevada al extremo por esos pájaros sinnúmero que se entierran a modo de confidencia o secreta encomienda de Rosie al obrero de su padre. Inocentes sepultados igual que los sentimientos de Brenda, la madre, traidora al marido, que apresa a las tres mujeres en una cárcel de nada, en un rincón donde los dogos las protegen de las miradas ajenas y de las culpas propias. Relato contado casi como consejas a la luz del drama con Ema y la incomprensión como oyentes.

La costa ciega. Carlos María Domínguez. Mondadori. 173 páginas.

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