El florista

El floristaEl matrimonio visto como contrato no admite flores más que en fechas de aniversario, así que Tulipa, supera sus ganas visitando la tienda de un especialista en acariciar pétalos, sean de flor o de mujer insatisfecha, con delectación. A los personajes de la novela de Nilza Amaral, podríamos verlos en carnaval a cara descubierta y no notaríamos la ausencia de caretas, flores perversas todos ellos de un jardín en que la justicia tiene mucho que decir.

La sed de deseo de esta dama de la buena sociedad no se calma con los susurros de ese florista repugnante, ni tampoco con los ambiguos abrazos de Estela. Su delito es no tener freno y el de Augusto, el juez implacable, haber descubierto los placeres de la carne estremecida por el peligro. Antes de que la plenitud se automatice en una sucesión de entregas rituales a un desconocido habrán de caer más ejemplares del jarrón de Tulipa que no se contenta ya con las ensoñaciones del florista muriendo a sus manos y se arroja a esa explosión breve de caricias furtivas que le ofrece Narciso, a escondidas en el museo.

La vulgaridad atrae a la protagonista que, congelada en su vida ejemplar, ya categorizada de antemano en el Beeton para esta reina del torneo a la que el Seis de Copas toquetea sin remedio, mientras la mecánica de la infidelidad se engrasa en el cuerpo de Suzana.

El florista. Nilza Amaral. Ediciones Doctor Domaverso. 142 páginas.

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