Entrevista con Carmen Linares

Su versatilidad ha hecho que se la catalogue de “enciclopedia del flamenco”

 

 

La vimos actuar en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo y recuerda sonriendo cómo le propusimos esta entrevista entre ensayo y ensayo, mientras calentaba la voz para la espléndida actuación de esa noche en que ya se intuía el verano en el Sardinero.

Alicia González

¿La Universidad es un foro que sigue imponiendo o los flamencos se sienten ya a gusto en ella?

Por supuesto, el flamenco es ya un arte universal que tiene cabida donde hay un público receptivo y sensible. En la Universidad hace ya muchísimos años que entró y ha sido para nosotros fantástico, porque nos ha permitido llegar a otro tipo de público.

Pero no sé si echas de menos los tablaos…

Si te soy sincera no lo echo de menos; era mucho más joven y aprendí muchísimo -eso no quiere decir que no tenga que seguir aprendiendo-. Estoy muy contenta de haber trabajado en los tablaos, pero ahora estoy haciendo cosas que en un tablao no podría; prefiero hacer un recital o montar mis propios espectáculos.

Cantas a Borges, a Valente que no tendrían cabida en el tablao…

En un tablao se pueden hacer todo tipo de espectáculos y de hecho, a Manuel Machado le dedicamos uno hace más de treinta años cuando yo estaba en Chinitas, lo que ocurre es que los medios económicos son bastante más limitados, pero en los tablaos hay mucho arte, gente muy buena y para mí ha sido muy positivo.

En cuanto al verso se puede hacer más que nada en teatros, porque tienes más medios.

¿Qué es lo último que te ha impresionado en un tablao?

Hace mucho que no voy a uno, ésa es la verdad. Estuve un día en el Café de Chinitas y vi a Juan Andrés Maya, un artista estupendo de Granada que me gustó mucho cómo bailó y en los tablaos he visto a gente muy buena. En la crisis que hubo hace unos veinte años no se podía contar con artistas importantes en los tablaos que eran los que llevaban al público. En el 74 yo estaba en Torres Bermejas y allí cantaba Camarón como atracción, La Perla de Cádiz, Mario Maya, El Güito… Ahora eso sería impensable, porque en un tablao no se puede pagar a una figura, aunque es un trampolín para muchos artistas, como nos ha pasado a todos.

Afortunadamente el caché de los artistas ha subido…

Un tablao no puede pagar a un artista de esa categoría. Ahora se hace muchísimo más teatro, afortunadamente, y es más fácil.

¿En qué espectáculo estás trabajando?

Tenía previsto un homenaje a Miguel Hernández con Miguel Poveda y Rocío Molina, pero debido a la crisis no hemos tenido ayudas y nos ha sido imposible, porque además cada uno teníamos nuestro calendario y ha sido muy accidentado. La persona que lo impulsó, José Antonio Martínez Bernicola, y se iba a encargar de la financiación falleció de repente y nos quedamos un poco huérfanos, pero lo hemos retomado con muchísima ilusión, que es lo que le hubiera gustado a él. Estamos metidos de lleno en eso -ya está prácticamente montado- y espero que podamos estrenar.

¿Tenéis ya fecha?

Estamos en ello (sonríe). Yo continúo con mis trabajos y el proyecto sobre la poesía de autor que estamos moviendo por España.

¿En un arte como éste sólo se le consiente innovar a clásicos como tú?

Un artista tiene que estar evolucionando continuamente con su arte, sino se queda muerto. Sé que hay gente que no está abierta a la innovación y lo respeto desde el clasicismo, porque soy una artista que me baso en los pilares del flamenco, pero pienso que hay que ir progresando y actualizarse. Un artista tiene que seguir su camino y no puede pensar en un sector del público al que puede gustarle o no. Tienes que ser tú misma e ir innovando, pues el flamenco es un arte muy vivo y no se puede estancar.

Así que no es tanto la presión de los puristas como una convicción personal…

Por supuesto, los puristas siguen presionando y a ellos les gusta un cierto tipo de artista y lo respeto. Hay artistas que no se salen de la línea, pero eso no quiere decir que amen al flamenco más que yo; yo le tengo un amor a esta profesión y por eso quiero dar lo mejor de mi misma y ser auténtica y para eso tienes que ir con tus convicciones. (Añade preocupada quizá por no haber sentado suficientemente su postura) Además yo es que soy una clásica, porque me rijo por lo esencial del flamenco, que es nuestra universidad, porque si no partes de ahí, mal lo llevas.

¿Te han perdonado ya no ser gitana? (Ríe abiertamente como respuesta). Porque ahora que prolifera una cierta intolerancia el flamenco es la prueba de que la multiculturalidad es posible…

Y es nuestra obligación, porque enriquece al ser humano y a un arte. Siempre ha habido de todo, gente muy intolerante, pero el arte está ahí y lo cantan los gitanos, los que no y tienes reminiscencias árabes, hindúes. Es un arte maravilloso, donde cada uno a aportamos cosas y lo bueno es que haya muchos colores.

(Los ajenos a este mundo hablamos del duende como si supiéramos en qué consiste y cuesta coincidir con Carmen en que se pueda profesionalizar el flamenco a través de los conservatorios, como si hubiera escuelas para eso).

Claro, el flamenco en sus tres ramas, cante, baile y guitarra hay que aprenderlo, porque uno no nace enseñado, pero la naturaleza o Dios te tiene que dar unas condiciones, porque si no es imposible. Para cantar tienes que tener voz, instrumento, corazón, cabeza, muy buen oído y a partir de ahí y de llevarlo tú dentro y que te guste, tienes que aprender. Y luego, por supuesto actuar en las tablas, porque el escenario te da mucho, viendo a tus compañeros.

¿Toda esa técnica es suficiente para emocionar?

Es muy importante, pero emocionar ya es otra cosa. Tú puedes tener una técnica buenísima para poder desarrollar lo que tú tienes en tu cabeza, pero luego está el duende, que se lleva dentro y se aprende cuando consigues transmitirle al público lo que tú quieres decirle y eso es el arte.

(Comentamos con Carmen la emoción de escuchar a Enrique Morente en un martinete…)

No me extraña que la toná, el martinete, que es un cante muy profundo emocione, porque probablemente en ese momento Enrique estaría ya inspiradísimo y que el público te pida más es una emoción muy fuerte; me imagino el momento, porque él domina todo y es un gran artista que conmueve.

¿En qué palo te sientes más cómoda?

A mí un cante que me gusta mucho es el cante por soleá, pero también las tarantas de mi tierra, el canto minero, las alegrías, así que depende del instante en el que te encuentres. No me conformo con un solo estilo e intento indagar en otras cosas, porque cada cante tiene su profundidad y en un recital puedes disfrutar igual haciendo una bulería que una toná a capella.

¿Has retirado alguno que no llegaba al público?

No depende del cante, sino del momento y hay veces que la gente se emociona porque te has sentido bien por soleás y en otro con una taranta o una madreña, o porque el guitarrista ha hecho un motivo bonito que te ha inspirado y surge. Es un misterio que se va desarrollando a lo largo de una actuación.

No sé si prefieres aprender de gente como Estrella Morente o Miguel Poveda o lo que te toca ya es ser la maestra…

Lógicamente yo he aprendido de gente bastante mayor que yo, pero con Estrella o Arcángel, por ejemplo, he pensado ‘¡qué bonito lo que ha hecho ahí o a esta soleá le hecho otra cosa!’. De quien tenga arte siempre aprendes algo y te puede emocionar, pero a la hora de aprender te vas a los maestros, a La Niña de los Peines, a Chacón o a contemporáneos míos como Camarón, Morente, Fosforito…

¿Se ha perdido ese compadreo que había en Los Canasteros?

Sí, pero también es lógico, porque ahora hay más prisa para todo, no tienes tiempo; cuando era más joven iba todos los días al tablao. Aquí en Madrid había un ambiente extraordinario de flamenco con dos o tres figuras en cada tablao y siempre íbamos a vernos unos a otros y teníamos mucho más contacto. Siempre que puedo voy a ver actuaciones y estoy con ellos; todavía hay unos cuantos que estamos en ello (se ríe) y no queremos que se pierda.

¿Qué te queda por hacer en el flamenco, porque has dicho que te ibas a recoger a partir de los ochenta?

(Ríe a carcajadas) pero eso es de broma, ¡a saber si yo llego a los ochenta para empezar y cómo estaré! Mientras tenga algo que dar y esté en condiciones, como es una profesión que me apasiona voy a seguir trabajando, pero cuando no tenga ilusión o mis condiciones físicas ya no lo permitan no voy a estar en el escenario por estar; si estoy será porque tenga algo que ofrecer y porque emocione todavía al público que viene a verme.

¿Qué recuerdo querrías dejar al público?

Lo importante es que la gente vibre con lo que haces y me gustaría que se viera que he dado mi vida por ese arte que me ha dado muchas cosas, pero al que yo también he dado mucho de mí.

¿Tienes alguna imagen en mente antes de arrancarte a cantar?

No, la verdad, antes de salir estoy entre cajas con mis compañeros,  tratando de concentrarme en lo que vas a hacer mental y espiritualmente. Siempre te vienen recuerdos de alguien que no tienes ya a tu lado y piensas ¡hoy voy a cantar para ti! o te inspiras en tus hijos… Lo que sí te ayuda es lo que tengas a tu alrededor: si tienes buenos músicos, una guitarra que te inspira y el público te da una sensación de estar concentrado, escuchándote o te dice un olé, eso te da mucha tranquilidad y también te sirve de motivación.

 (Publicado en ACTIVA)

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