Pa negre

Puede que parezca exagerado, pero viendo fotos de Agustì Villaronga, he visto los ojos del niño Andreu. Esa mirada de observador en la distancia de un mundo que no entiende hasta que adquiere para él toda la brutalidad de la realidad. La casa del pequeño tiene todo el aspecto de un torreón quebrado de “El señor de los anillos”, donde la magia se refugia en esos pájaros, talismanes de los ideales que su padre le impulsa a no traicionar.

Los azules que proliferan en “Pa negre” tintando toda la película dan un tono de ensoñación a muchos de los pasajes, a la neblina de la pesadilla como en el momento del prendimiento del padre en el desván. Y frente a estos azules que anteceden o acompañan al drama, está la naturaleza con su verdor fresco de las escenas con la prima Nùria, o la claridad del hospital. Es ahí donde Andreu encuentra a ese muchacho que despereza las alas corriendo hacia el arroyo, y con quien entabla una amistad alimenticia en la que el chaval se alimenta de las palabras de ese joven casi pintado de ficción y éste recibe sin contraprestación buscada algún dulce con el que quitar amargura a la reclusión.

Debió ser duro vivir la homosexualidad en la posguerra: las delaciones interesadas tendrían en la orientación sexual de cada uno el perfecto reclamo para la caza del hombre. La leyenda de Pitorliua  y las cuevas de las Baumas actúan de disolvente de la ideología de baratillo del padre, comprometido de palabra con el progreso, participando por otra en la jauría que acosa al diferente en esa España violenta y herida, tan negra como el pan que se reparte. Andreu no podrá perdonar a ninguno de los supervivientes: ni a la niña muerta en vida, Núria, que se deja hacer por el único que dice preocuparse por ella a cambio de caricias prohibidas; ni a la madre, que no supo defender al ángel de la foto y se entrega al rencoroso alcalde para intentar salvar al ya condenado Farriol; ni a éste, el padre, héroe caído de golpe del pedestal.

Andreu se somete a las normas de los Manubens, los industriales adinerados de la Cataluña que ya vimos en las novelas de Mendoza con sus intrigas, sus manejos de las vidas ajenas, como única escapatoria para algún día ser dueño de su propia libertad. Tal vez la jaula de barrotes de oro nunca abra el portón como él cree y en esa sociedad matriarcal de la que venía hubiera más verdad que la que vaya a obtener huyendo.

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