Tauroética

El bos primigenium de Savater es de Vinuesa; el niño Savater graba en sus ojos de siete u ocho años a un ser casi mitológico que reconstruye para él la escena del gastado enfrentamiento entre hombre y animal. Construido desde este Teseo que no tiene que ajusticiar a nadie, el filósofo defiende la fiesta tradicional acurrucado en el recuerdo de esas pezuñas resonando en los adoquines de la ciudad soriana. Pero ampara la muerte del astado, alegando criterios económicos como la preservación del toro de lidia y denunciando la hipocresía social de quienes pretenden repudiar el martirio estético de las corridas ante la falta de utilidad del espectáculo.

Lo último que querría ser Fernando Savater es mascota de estos ciudadanos urbanitas que cauterizan sus traumas morales dotando de humanidad a especies animales, llegando incluso a ponderar los delitos de las bestias como recrea Julian Barnes al pintar los procesos medievales. El autor vasco recorre en este ensayo la necesidad del dolor, la libre elección, pero también la ontología del trato doméstico, concluyendo que los animales tutelados en granja son para nosotros y no en sí o para sí y que cualquier otro planteamiento significa el destierro final de una batalla que otorga al hombre la oportunidad de esa escenificación de la fatalidad  en pos de la anestesiada artificialidad en la que proponen instalarse los arrogantes antitaurinos, precursores de una sensibilidad que no silencia incongruencias como la de Tony Blair, protegiendo al zorro de los cornos de caza y lanzando sus cazas contra iraquíes sin madrigueras en las que refugiarse.

Tauroética. Fernando Savater. Turpial, Madrid, 2010. 93 páginas.

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