El arte más íntimo

El arte más íntimoSon sus chicos y sabe hablarles con firmeza para provocar que sus ojos deseen acabar de una vez con el pánico. A Compton le gustan los muchachos, y más los rubios, pero más que el disfrute del placer de las caricias prefiere los cadáveres que han luchado hasta el final en ese Londres de higiénica homosexualidad. Su intimidad con la muerte se confunde con la de otros efebos como el novio de Tran, el joven vietnamita que cae en los brazos de Jay y su seductora propuesta de unas fotos de estudio. Luke, el locutor que trasegaba su cuerpo con el del chico de cabello negro, quiso inyectarle su sangre, y quizá no tan distante sea la percepción del quien goza al oír el chasquido de los huesos como Byrne.

El camello del Barrio Francés no hace caso de las acusaciones: Jay puede ser un marica raro, pero conoce el secreto del sometimiento y su amante no quiere perdérselo. En cambio, Jay necesita salvar la soledad con las sensaciones postmortem de los chicos de su colección de polaroids y santificarse gracias a la carne entumecida de su nevera. Ahora sólo falta que Andrew y Jay se crucen en Nueva Orleáns para que sacacorchos, esposas, cabezas congeladas, destornilladores, torsos rígidos cobren sentido y compartan un conocimiento que quieren enriquecer, analistas del pavor que deja una textura arcillosa en la carne de sus víctimas y una entrega última, antes de que el talco los transforme en etéreos seres azules.

El arte más íntimo. Poppy Z. Brite. La factoría de ideas, Madrid, 2010. 288 páginas.

Anuncios