Casanova el admirable

Para los hagiógrafos él mismo se define como imbécil hasta los ocho años y Sollers no quiere ahorrarnos ni un pasaje de esa biografía reinterpretada a la luz de la moral laforguiana y casi pasto de las llamas del antifísico Ligne. Casanova se libera de Los Plomos, pero su lengua se arrepiente en boca de otros, aunque según propia confesión ése y no otro es su Evangelio, el de la situación de cada instante.

El libertino Casa baila el fandango y comprueba que la devoción es más gratificante en el acto sexual que la que ha roto el correaje del prejuicio. Giacomo podría leerse como aún  se sigue haciendo, desde el oscurantismo que silenció esas escenas de provenzales “enroscadas como dos anguilas” o que admite una cierta indiferencia térmica en sus conversaciones ateas con Dios.

El castigo a tanta lascivia mal entendida por intérpretes de sus pudores es la incomprensión a su convencimiento de que la cama además de ser campo de batalla amatoria es antídoto contra el aburrimiento, consigna ante la destrucción del afecto en la mercantilización. El mismo Jaime es marca de seducción, si bien el consumidor no entra en sus disquisiciones de Belleza y Forma o en la superación de los sentimientos por el cuerpo que les gana la partida. Ni tan siquiera se plantean el ejercicio libre de su derecho a la aventura de hombres y mujeres en esta época tan propicia al temerario voluptuoso.

Casanova el admirable. Philippe Sollers. Páginas de espuma, Madrid, 2010. 264 páginas.

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