Mario Vargas Llosa presenta “El sueño del celta”

El escritor no ha perdido el ‘terror feliz’ ante la hoja en blanco

 “El sueño del celta” o el retrato descarnado de la barbarie

 Alicia González

En la época de Roger Casement el drama del Congo era una realidad silenciada para el gran público, engañado por la propaganda del monarca belga, Leopoldo II, presunto redentor de la esclavitud y azote del canibalismo. Hoy en día no habría que tener excusas y sin embargo, documentado ese aberrante colonialismo por el diplomático inglés, el Congo persiste como una de las naciones desestructuradas donde el respeto a los derechos humanos no existe. Da igual que ahora haya cámaras de televisión que graben el dolor de los congoleños, porque “La civilización de espectáculo” –nombre del ensayo en el que trabajaba Mario Vargas Llosa cuando recibió la noticia del premio Nobel de Literatura- oculta lo que no produce réditos al mercado. Peligrosa deriva denunciada por el autor de “La fiesta del chivo”.

Sentado en el escenario de los Teatros del Canal, el escritor peruano, aprohijado por España cuando Fujimori quiso quitarle su nacionalidad de origen, conversó con Iñaqui Gabilondo sobre su última novela.  El escritor espera a que “pase este torbellino” que ha supuesto el galardón de la Academia sueca para regresar a su escritorio, donde las armas siguen siendo las mismas con que contaba antes del Nobel. “Me quedo solo frente al papel –reconoce- y no hay premio Nobel que valga, empiezo a morirme de miedo, de terror, de inseguridad y al mismo tiempo de felicidad. Es un terror feliz y al final sé que lo importante se va a decidir ahí, entre esas palabras, siempre díscolas, buscando, o de pronto exaltándome mucho, porque aparece un filón que pienso que debo seguir. Ésa es la parte más rica, lo que realmente me organiza mi vida, la columna vertebral. Es formidable recibir un premio y que los libros se vendan, pero la mayor satisfacción es la que produce la soledad del trabajo, ver que una historia de pronto empieza a armarse, que los personajes empiezan a moverse y ahí hay un simulacro de vida. Es algo realmente inexpresable y es lo que hace que un escritor vuelva y siga tratando de escribir, porque eso se ha convertido como decía Flaubert en su manera de vivir”.

 

La última novela de Vargas Llosa no es la mejor, porque como él afirma, decir eso sería el suicidio: “psicológicamente para mi es muy importante tener la sensación de que lo mejor está por venir y que todo ha sido una preparación para esa novela que está  esperándome y para la que me he estado preparando”. Pero sí es todo un alegato contra la amenaza inminente que denuncian los informes de su protagonista, el independentista irlandés: “Lo extraordinario de Casement es que nos muestra que si escarbamos un poco en nosotros mismos aparecen salvajes instintos monstruosos que la civilización luego reprime y por eso es siempre importante estar siempre vigilante”. Víctima de la férrea represión moral victoriana, desfoga su homosexualidad en unos diarios secretos, mientras elige lo imposible. “Siendo un muchacho sin recursos se encuentra en el Congo con una maquinaria que miles de personas hacían funcionar y decide dedicar su vida a documentar la barbarie, porque el primer paso para que las cosas empiecen a cambiar es que el mundo se entere de esos horrores”, explica el autor. Para Vargas Llosa ese libre albedrío no sólo debemos defenderlo con palabras, sino con una cierta conducta que es lo que hace que esa libertad siga viva”.

La labor de documentación preparatoria según el autor ha sido exhaustiva: “Me he documentado mucho, pero para mentir con conocimiento de causa. Es una novela, hay más invención que memoria histórica,  en la que hablando del Congo, de la Amazonía, de Irlanda, se describe la aventura humana. Dadas ciertas condiciones sociales, económicas, algo en el ser humano que es bestial aparece y domina. En el caso del Congo y la Amazonía la circunstancia es idéntica, no hay legalidad. Hay una legalidad teórica que nadie respeta. Allí esos señores cegados por la codicia que, probablemente en Bélgica eran funcionarios respetuosos de la ley, creyentes católicos, llegan a un mundo donde desaparecen las instituciones, hay un pueblo muy primitivo dominado y la posibilidad de una riqueza enorme. El apetito por el caucho es inmenso en todas las sociedades industrializadas y se dedican a explotarlo desatando esa barbarie y cuando eso ocurre mucha gente encuentra un apetito de ser malo que explica esas torturas tan absolutamente monstruosas”.

A los lectores, Vargas Llosa les entrega la reflexión sobre la pulsión tanática en las caucherías y él se queda con el instante más terrible de la invención de la novela: “En un pequeño pueblo vi una escena dantesca, centenares de refugiados tumbados en una tierra estéril, muchos de ellos sin fuerzas para ponerse de pie y apartarse las moscas que les iban a la boca. Allí un médico congolés me dijo: ‘esto no es lo peor, lo peor son las violaciones. La violación se ha convertido en el principal instrumento de la guerra. Todos violan, no por placer, no violan para gozar, sino porque es la manera de humillar al adversario’. Todo el sufrimiento atroz que vive este país, uno de los más desgraciados de la tierra, estaba en ese testimonio, símbolo de esa impotencia ante el dolor generalizado. Esas monstruosidades no son cosas del pasado, están muy cerca de nosotros, pero preferimos no enterarnos”, concluye antes de que el público se despida de él con una cerrada ovación de agradecimiento.