Nada es crucial

Chico-musgo y Magui sueñan con abandonar los descampados, aunque no son los solares donde se abandonan y por eso los encontramos en las paradas de autobús estáticos, porque su huida se acciona desde la detención. El mecanismo de la pasividad de Lecu se activó desde el momento en que sus lecturas de la vida arrojan el dividendo de la inutilidad. Y Mundolecu le convence más que el Mundofeo que le ha tocado; ya está en ruta a Ciudad Mediana. Los sermones encendidos del Señor Alto y Locuaz y las enseñanzas de la Señora Amable Dos no lograrán sacar de él al neocristiano y sí al pobre hobbit, deseoso de crecer o de adquirir una verdadera condición de niño mutante inmune a la soledad y al vacío.

Margarita, su Galadriel, por su parte, se aleja de Belalcázar porque la presencia del padre desaparecido, el desdén de Buenchico y todas las frasecitas que anotó en su diario de ñoño desahogo vestido con Kitty y ha convertido en ausencia de culpa, de trascendencia. La felicidad de Guima irresponsable no quiere morir en la mazmorra y anhela ovillarse definitivamente para no perecer bajo su denso existencialismo, cansada de esperar como las vacas a ese galán, Logan, que la libre del tedio, distraída en Benedetti.

El escritor observa sus dos heliotropos y los cuida y los riega con los mimos de quien fabrica un refugio a sus personajes, dotados de una pequeñez calamitosa, habitados de una insistente dosis de supervivencia.

Nada es crucial. Pablo Gutiérrez. Lengua de trapo, Madrid, 2010. 248 páginas.

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