Entrevista a Ramón Pernas

El faulkeriano Ramón Pernas nos pone a observar “La luz inmóvil”, novela ganadora del premio Emilio Alarcos, donde abandona la segura intimidad de Vila Ponte para comprometerse con la España de la transición en una historia de amor.  

Alicia González

El premio Emilio Alarcos habrá sido un buen reconstituyente…

La literatura es sanadora y curativa, la farmacopea más adecuada. Mi viagra es una dosis del Quijote, dos de Faulkner y otra de Borges.

¿Cómo describirías plásticamente la novela?

Placer absoluto y memoria recuperada. Soy un gran autor lírico que construye imágenes adecuadas sobre su pasado, o si son gente joven, sobre el pasado de sus padres.

Incluso el que alguno no quiere recordar…

No, siempre es recordable, desde cierta distancia.

Precisamente la novela aborda los movimientos de izquierda…

Soy un escritor de izquierdas, no creo en la literatura pura y nuestro tiempo da pautas para que cada uno sea testigo y como tal dejo mi impronta en mi narrativa. Según mis críticos mi literatura es épica y comprometida y pretendo seguir fiel a eso, lo que pasa es que esta novela es una obra de amor. Nada más comprometido que el amor, es el compromiso por excelencia y la esencia de la literatura desde Dante a Nietzsche. Una historia de un amor imposible en la transición violenta del Grapo, a pesar de que Franco murió en la cama –algo que nunca hubiera pensado-.

¿Cómo se compagina el amor con el compromiso político?

Cuando una persona decide comprometerse con algo, con su historia, con su país, con una mujer, es un mismo compromiso con distintos matices. Yo estoy comprometido con mi país, con la historia que he vivido, con las mujeres que he amado y no es que yo sea el personaje, sino que como cronista de un momento, cuento que el amor que trasciende, que no es coyuntural. Es el amor por una dinámica histórica, por un país que es el mío y el tuyo y por un modelo de sociedad en la que creo y sigo creyendo.

En tus obras dejas bastante campo para que el lector termine la historia…

Son como un puzzle en el que dejo que la última pieza la pongan los lectores. Mis novelas son cuentos largos, donde hay muchas historias entreveradas, así que nunca paso de las 300 páginas. Escribo novela de tradición oral, de lo que escuché y conté; cuando se hablaba de la guerra civil el trozo que no se contaba lo ponía yo, lo recreaba. Hago por entregas una novela global que estoy escribiendo desde hace 20 años.

¿Y te quedan muchos capítulos por escribir?

Pues igual no escribo más, porque los jóvenes tienen que tener una voz en el discurso cultural de este país y hay que dejarla pasar, ya que no ha habido perestroika ni en la cultura ni en el periodismo y hace falta que irrumpan con fuerza.

Las mujeres son importantes en “La luz inmóvil”…

Sí, son decisivas, porque vertebran toda la novela. Es un amor no correspondido de un hombre hacia una mujer; la mujer mueve el mundo y por ello mis novelas.

¿Y qué hay de Viveiro en las novelas?

Evidentemente en esta novela no existe Vila Ponte, aunque al final del libro cierro con “Viveiro, París, Madrid” que son los tres lugares donde he escrito esta novela. Siempre homenajeo a mi gente, a un paisaje emocional y afectivo que es Viveiro.

Milagros (Frías), mi mujer y yo somos una sociedad literaria y hemos hecho una apuesta clarísima por contar el lugar de donde somos, origen y destino y tanto su ciudad como la mía están permanentemente presentes en nuestra obra.

Aparte de unidos por la literatura lo estáis por la buena racha de premios…

Tenemos dos ordenadores y escribimos a la vez, ella la suya y yo la mía. Nos vinculan muchas cosas: un afecto, un recorrido personal y la literatura y creemos que escribir es nuestro recreo y nuestra mejor contribución a nuestros amigos que nos leen.

¿Hay alguna similitud con el ritmo febril de “El verano de la nutria”?

Estamos muy lejos en nuestro planteamiento narrativo; yo soy más barroco, más melancólico, más de dentro y ella es más directa, más cercana y contemporánea. Yo escribo de un mundo que ya no existe, el mundo de los paisajes, de los olores, del color, mientras que Milagros está más cerca de la realidad inmediata.

¿Ha influido en tu novela esa narrativa tan vinculada a internet?

No, yo soy faulkneriano y mi novela empieza donde acaba su “Santuario”, quiero decir, que yo vengo de un mundo cultista muy lejos de eso. En mis novelas nunca se entra en Google, ni hay un mundo wi-fi. Evidentemente nada me es ajeno, pero eso no quiere decir que ese mundo me satisfaga. Reivindico el mundo en que los árboles crecían porque sí y no porque fueran transgénicos.

Esa forma de observar se hace desde el sentimiento…

Yo soy un sarmiento viejo y cuando me veo las manos, espero que sus manchas se parezcan a las de una vieja cepa. A veces juego a saber si será Tempranillo o Caubernet-Sauvignon, en esa especie de locura en que las fantasías trascienden lo cotidiano.

¿La continuidad de tu novela es un barrallar sobre los mismos temas?

Quizá haya ocasión de otra novela donde yo progrese a Vila Ponte, porque es el sístole y diástole de mi novela. Sigo amándola porque para mí es un paisaje emocional; Vila Ponte es un pueblo que voy cambiando de sitio cada vez que abro la maleta virtual como si fuera un buhonero y vendiera espejos y baratijas por los pueblos.

Desterrarte de él es como echar a Faulkner de Yoknapatawpha…

Mateo (Luis Mateo Díez) a veces se evade y no va a Celama, aunque yo sé que volverá a ella en las miles de novelas que le faltan por escribir. A mi me pasa igual con Vila Ponte, que es el Yoknapatawpha de Faulkner, o Región de Benet, pues están en todas sus novelas, aunque no las citen. Yo le soy absolutamente fiel, pero a veces  no la cito.

Parece que necesitas saber que al lector le gustan tus obras…

Sí, porque son pocos numerosos y conozco a casi todos. Yo escribo para mí, nada más, pero a veces pienso si le gustará esto a un amigo mío muy querido, o si le hubiera gustado a un amigo que se ha muerto. Es una especie de escritura automática para lectores que ya no existen u otros que yo quisiera que me leyeran o me alabaran.

¿Cuánto tiempo te ha llevado escribir esta novela?

57 años y dos meses, pues la escribo según la edad que tengo. La novela vive conmigo y va creciendo, y cuando bajo la cabeza, va saliendo. Me acompaña en la cama, en el taxi, comparte mi mesa. La novela cuando es una pasión y estás empeñado en escribirla es pesada, porque vives continuamente con ella, como una amante de una energía brutal. Te obliga a hacer actos de amor, de fe permanentes. Mantengo con mis personajes un diálogo constante, en una especie de esquizofrenia asumida y con cierto placer.

¿Con qué personajes has dialogado más en esta novela?

Con todos, porque se rebelaban. No hay personajes, ni nombres o apellidos. El Mudo, que es el personaje central, me recriminaba permanentemente, diciéndome que era un antiguo, que esta novela ya está escrita y que desde Galdós no se puede aportar nada nuevo. Me decía, ‘¡cambia el tono y no seas fantasma!’ Era mi corrector, mi alter ego, mi ángel de la guarda al que rezaba cuando era pequeño.

Como Unamuno en Niebla…

Hablo incluso con personajes de novelas que ya han pasado; a veces uno se sienta a mi lado y me cuenta cómo le ha ido desde entonces como pasa en Walser o Vila-Matas, o me pide ayuda para la hipoteca. Una locura común a mucha gente.

¿Y se puede hacer apología de la izquierda tal y como están las cosas?

Ahora más que nunca, porque estamos viviendo la vieja profecía marxista y es el mejor momento para que los jóvenes, entre ellos yo, desde mi edad senil, planteemos una revolución. Siempre le digo a mi mujer que cuando vayamos al asilo compraremos dos kalashnikov y nos pondremos a fumar.

¿Qué hay de Pavese “En la luz inmóvil”?

Tiene todo, porque la lectura juvenil de Pavese con quince años por indicación de mi padre me hizo disfrutar del primer hilo de esta novela.

¿Qué es lo que puede mover al lector a elegir tu novela?

Es el azar el que decide. Yo me la juego con una portada y un título adecuados y un texto cojonudo. Escribo para mí y para mis lectores; los escritores somos unos fantasmas narcisistas. He sido editor en Espasa Calpe, crítico en El correo, Tiempo, Ínsula y soy librero, porque en Ámbito cultural se vive de vender libros, así que ya no me creo nada. Los escritores debemos bajar un poco nuestro listón, tener humildad y saber que escribimos no para cambiar el mundo, sino para combatir la muerte personal. Yo escribo porque no juego al golf; si jugara al golf haría doce hoyos en lugar de doce páginas.