Balada triste de trompeta

Me intriga por qué los críticos de cine que han ido a ver la última de Álex de la Iglesia no hablaban de nada de esto en sus reseñas. ¡Tal vez no hayamos visto la misma cinta! Comencemos por advertir que no soy precisamente una ferviente admiradora de la violencia gratuita y que rechazo habitualmente ver largometrajes en los que la sangre prospera más que el texto.  Pero hecha esta apreciación me admira la sutileza con la que el director de “El día de la bestia” ha escrito una parábola sobre la historia de España y que nadie haya sabido leerla o se hayan reservado esa exégesis como si se tratara de una consigna sólo apta para mentes afiladas.   

 
 

 

Porque, en lo literal en estamos hablando de dos hombres que pelean por una chica, pero en el subtexto me parece leer el enfrentamiento de dos modos de entender la vida, el del payaso gracioso, aderezado con ese tono macarra de maltratador de mujeres, patillas incluidas, que es Sergio y del payaso triste, entregado a su misión hasta rasgarse la piel -de la cara si hace falta-, más reflexivo, defensor de las causas pobres o injustas como la defensa de la mujer, negándose a reírse de macabras bromas donde los niños son el objeto de escarnio. Léase Javier…, ¿o debiéramos decir el payaso republicano? Porque detrás de estos dos comehambres están dos concepciones mosntruosas, llevadas al extremo, la del que te obliga a divertirte hasta morir y a reírle la gracia de tu propia muerte y la del que absorto en su propia realidad no ha sabido más que morder la mano del caudillo, en un gesto de tan absurdo heroismo como el de los maquis en la guerrilla. En ningún momento se nos imparte doctrina, pero no hay más que poner los fotogramas al trasluz para ver al coronel Salcedo, tuerto y cruel como otro protagonista de nuestra guerra civil o esas fosas comunes a lo Pol-Pot del Valle de los Caídos. Y ver al republicano herido, el payaso triste de nuevo, huyendo como un animal, sin sentido, amaestrado por la nueva realidad sacada casi de “Patrimonio Nacional” en la que la identidad de las fieras es difusa. De ahí que en su rojerío no dude en confeccionarse de trágico bufón con los aderezos de un obispo y que tenga accesos místicos con una virgen dolorosa que es la misma bailarina que ocasiona toda la disputa que pudiera ser tabernaria, pero en manos de estos dos caines adquiere una dimensión perpetua. Natalia tontea con sus dos pretendientes, el que le ofrece sexo y brutalidad y el que sólo espera ser querido, pero la figura femenina no puede decidirse porque en su ser se combinan la atracción por la violencia y ese respeto que no comprende pero sabe que merecería. No hay opción de elegir, porque en la chica de la cinta perdura una inmadurez que condena a la eternidad a los pretendientes, casi como una Helena de Troya niña secuestrada por Teseo y perdida en el mismo laberinto con un monstruo con cabeza de toro.

Las dos Españas se persiguen y la conclusión de este silencio de quienes no tienen nada que decirse no es otra que esa mujer, la tierra que quieren conquistar ambos, desgarrada, partida en dos, cayendo por esa interminable cinta roja, la sangre con la que tiñó todo ese valle que ni siquiera Álex en la ficción consigue dinamitar. ¡No hay motorista suficiente para estrellarse contra ese muro pétreo!

Carlos Areces borda el papel del monstruo tierno

Alicia González

Álex de la Iglesia quiere lanzarse por los aires como el motorista fantasma, uno de los personajes de su última película y con esta cinta, una vez más lo consigue. “Balada triste de trompeta” no es una cinta de fácil encaje; es más, habrá quien leyendo la sinopsis la crea el aborto de un loco director que mezcla en el saco de este indescriptible largometraje a los payasos del circo con la guerra civil. En realidad el engarce va más allá del drama cainita hasta llegar a otro que voló, Carrero Blanco, en un macabro relato de nuestra historia reciente a través de unos personajes imposibles, entre los que no podemos olvidar al siniestro coronel Salcedo, terror de los obreros represaliados que levantaron el Valle de los Caídos en unas escenas que casi paralizan el rodaje.

Ya dijo Almodovar que el presidente de la Academia del Cine es un tipo muy pesado, tanto como para lograr convencerle de volver al redil, después de los sonados desencuentros del director manchego con la profesión y a todo el elenco de someterse a mil y una travesuras -¡observen sino a la esforzada trapecista Carolina Bang!- que componen la acción de esta película a la que pone voz y emoción la canción de Raphael. Y genial como para brindar en sus guiones espacio para lo inverosímil y ponerle a la acción el rostro de esa multitud silenciosa de actores y actrices secundarios –Luis Varela, Terele Pávez, Juana Cordero, Manuel Tallafé…-, en vista de que los de generaciones precedentes como Antonio Gamero o Manuel Aleixandre, se nos están muriendo en los últimos tiempos. 

Santiago Segura da vida al payaso tonto de la película de Álex de la Iglesia en un inusual registro del actor

Precisamente el padre de “Perdita Durango” cede las candilejas a un cómico sacado de la “Muchachada Nui”, Carlos Areces, al que, contra todo pronóstico no encontramos empequeñecido por las peripecias que marca la trama, incluido un descenso en cueros por el bosque, la inmersión en un regato congelado y su desaparición por la boca de una alcantarilla. Todo eso sin que echemos de menos a muchos de los grandes de nuestro cine, pero a los que tenemos ya un poco vistos y sin perdernos ni gota de la trepidante acción y el dolor gris que aflora de estas vidas cuyos referentes tenemos que buscarlos en el amor antiguo y loco de “La parada de los monstruos” de Tod Browning, pero con la brutalidad de un buen Tarantino y la tierna carnalidad de Fellini. Esperamos que las nominaciones a los Goya, ya que no el León de Plata de la Mostra de Venecia ayuden al éxito de una cinta que saca a la luz todos nuestros miedos en una apuesta que se ha demostrado siempre segura: guerra civil y niños, ¿o no son acaso esos los ingredientes de esta cruel farsa?  

  (Publicado en ACTIVA)