Ada del Moral, testigo de nuestra historia reciente en “Noches de Casablanca”

Congelados en la imagen los integrantes de la Junta de Defensa retan al tiempo desde la portada de “Noches de Casablanca”, la novela de nuestra compañera Ada del Moral. Un libro que, siguiendo el hilo de Ariadna de una instantánea, va adquiriendo dimensión cinematográfica en el minucioso relato de la historia de una familia de comerciantes durante la primera mitad del siglo veinte. El héroe en ella es su tío-abuelo Luis Ruiz Huidobro, personaje anónimo de la resistencia a esa lucha cainita que ensangrentó España.

 Alicia González 

Imaginamos a Ada del Moral con las piernecillas colgando de la silla, en la casa de la abuela observando obsesivamente la foto de un señor, su tío-abuelo Luis Ruiz Huidobro. Le han dicho que es de la familia y ella, niña aún y quizá porque se encuentra cierto parecido con el retratado, no deja de escudriñar la peripecia que esconde el blanco y negro. De ese fetichismo suyo, como confesó en la presentación del libro, nacen estas “Noches de Casablanca”, publicadas por la editorial de revista en la que colabora también la periodista. Semejante hazaña, la de editar, le corresponde a José Luis Gutiérrez quien en palabras de Ramón Pernas, novelista y anfitrión de la velada como responsable de Ámbito Cultural, “publica libros y además arriesgados, libros que recuperan la memoria de este país y libros que se hacen para que no se pierda en la noche de los tiempos el ser español, lo que somos, lo que fuimos y al fin lo que seremos y más si cabe en el momento en que vivimos en que la amnesia colectiva es una pandemia que nos está acorchando el cerebro, elementalizando y reduciendo la capacidad de análisis y de combate”.

En una sala abarrotada de amigos y curiosos, la autora azorada por los nervios del momento, quiso compartir con el auditorio ese instante de “felicidad absoluta” y con sus compañeros de mesa, por “haberle hecho el amor a mi libro”. La novela surgió según Ada de “una ausencia, la del tío Luis, cuya fotografía presentó en mí muchas incógnitas que crecieron conmigo y en cierto sentido me empujaron a la escritura”. La escritora pertenece ya a una generación que aprendió en la escuela pública “que Federico García Lorca fue asesinado por los nacionales, que Pedro Muñoz Seca fue asesinado en las checas de Madrid, que Ramón Sijé, intimísimo amigo de Miguel Hernández era ultracatólico y crecí con un amplio sentido de la libertad y amplitud de miras de lo que es el amor a tu país y a la raza humana”.

Alentada por el editor de LEER, que la impulsara a terminar el libro, Ada da a la imprenta un volumen que “contribuye a la reconciliación de todos los españoles cuando parece que estamos otra vez en los contornos de la controversia y el enfrentamiento entre hermanos. Creo que este libro es un buen ejemplo de cómo se puede escribir de la otra orilla, la de los perdedores sin rencor y con gran generosidad”, según aseguró José Luis Gutiérrez. Desde esa perspectiva tiene cabida para Cristina Alberdi la recuperación histórica “a través de los testimonios familiares de esa figura que tanto impactó a los hermanos y los sobrinos en un momento de grandes padecimientos en esos días”. Libro por tanto de recuerdos familiares, pero también histórico que “cuenta la historia con un enorme realismo”. Alberdi quiso subrayar escenas de esa Gran Vía en los días de Casablanca, la descripción de esta familia de comerciantes, “rica, acomodada y por tanto mal vista cuando viene la República y no digamos ya cuando estalla la guerra civil y gana el Frente Popular en el 36”.  Y consideraciones que a juicio de la política son de interés para conocer lo que se vivió en la República, especialmente donde contrastaban esos valores de su tío, “un republicano que preconizaba el pacto, el diálogo y por lo que se ve era un hombre de bien. Cuando llegó la guerra intentaron ayudar a todo el mundo, pasaron hambre, él y su compañera, hasta que tuvo que salir de España y marchar al exilio en México. En opinión de Cristina Alberdi, “al inicio de la guerra es muy interesante ver la posición del protagonista en ese ambiente de muerte, de asesinato donde lo primero que hizo fue decir a los trabajadores que había en sus tiendas y familiares que pusieran todos sus bienes a disposición del gobierno republicano”. Vendrán luego los días de las casas destrozadas y de una violencia desatada que costó la vida a quienes criticaron al gobierno como Ramiro de Maeztu o Manuel Bueno en una sangría que se salda con “la desaparición de periodistas, la muerte a tiros de un dentista porque iba a misa, en un ambiente de caza de curas, donde se apuntaban las piezas que se cobraban a la vista de todo el mundo”. Estamos hablando en los albores de la guerra civil y lo de menos es casi la pedrada en la sien que sufre Luis y por la que echa a perder sus gafas. La honradez del tío de Ada como Rosita, su compañera, los conduce al desmayo por hambre, a pesar de que él hubiera podido ejercer su influencia por su posición cerca de los que mandaban y así conseguir para comer.

En ese “festival de gobiernos, la tibia legalidad fue sustituida por la acción revolucionaria y la República no se sostuvo debido a ello”, sentenciando Luis de modo visionario ese “Murió la República”, como contó la abogada Cristina Alberdi a los asistentes a la presentación. Es entonces cuando el sagaz fotógrafo inmortaliza a los integrantes de Junta de Defensa, asediada en noviembre del 36 por el enemigo. “Se pensó que Franco entraba ya en Madrid y ganaba ya la guerra. La foto es espectacular y da cuenta de lo que eran esos tiempos, un mapa cogido por los pelos de la historia, donde vemos a Carrillo, el único vivo actualmente, el famoso Koltsov, alias Miguel Martínez, representante de Pravda en España en la zona republicana, con esa mirada mezcla de expectativa curiosa y control…” Aguas turbulentas en las que Luis Ruiz Huidobro no quiere nadar, lo que le hace sospechoso por su rechazo a consentir los ajusticiamientos:  “quería una legalidad con control y no le parecía bien lo que estaba pasando por lo que empezaron a perseguirle”, recalcó Alberdi. Y haciendo gala de su saber enciclopédico, Víctor Márquez Reviriego, quiso terciar recordando que en “la famosa foto doble Luis representa a la Unión republicana de don Diego Martínez Barrio, el hombre más honrado que ha dado la política española del siglo veinte”. Mención ésta corroborada por las referencias ciertas de “una tía de mi madre que fue secretaria del sevillano”.

Reviriego subrayó la condición gráfica del libro, por la abundancia de fotos y el propio título del mismo, en clara alusión no “a la Casablanca de Bogart como podría pensarse sino al local donde luego estuvo el pasaje de la Alhambra, frente al actual Ministerio de Cultura” y que para el periodista “tiene un valor simbólico porque representa la modernidad de la época, obra de un gran arquitecto, Luis Gutiérrez Soto al que erróneamente se le considera arquitecto franquista por el corte escurialense de edificios como ese paralelepípedo perfecto que es el Ministerio del Aire”. En esta Casablanca de “barmen” y alegría al borde de la Gran Vía, encontramos el aliento de una modernidad que “se acaba en buena parte cuando lo hace la República” antes de los tiempos grises de los abrigos de vuelta y revuelta y el casticismo llevado a la nomenclatura.  Todo ello lo recoge con extraordinaria precisión la autora en “una crónica familiar con personajes muy hechos, empezando por el patriarca don Facundo y una señora, una especie de Robespierre familiar, que a todos los personajes de las fotos les cortaba la cabeza”, según quiso destacar el sagaz comentarista retomando a Dilthey al decir de Luis Ruiz Huidobro que “su destino era el comercio, porque era la segunda generación de una familia de comerciantes; su carácter era todo lo contrario, un poco diletante y casi el garbanzo negro de aquella gente laboriosa y el azar que le toca vivir es primero la República, grata y divertido para él y luego otro brutal y terrible, la guerra civil que se carga vidas, destinos y caracteres”. Toda una celebración de la memoria que permite al lector sentarse a la mesa de la historia para observar casi en primera persona los aconteceres de esa España aún desconocida.