Penumbra

Hay claves que se le escaparán a quien no viera este verano a Alberto Sanjuan y Andrés Lima en “Password”, porque esta “Penumbra” está llena de luces que son palabras. Palabras vacías, palabras gritadas, palabras calladas, palabras detrás de puertas que suenan a la voz de Vicky Peña, palabras que son golpes y golpes que no son más que ruidos de la cabeza, angustiada por sueños tan reales que se convierten en cotidiana pesadilla.

A mi no me ha atraído nunca la penumbra, es más, conozco ese inquietante silencio que habla con sonido de máquina que está presente en toda la representación. Es un rastro de sonido en realidad, un rumor como de bombilla en las recalentadas conversaciones de esa familia náufraga de afectos, recluida en las cuatro paredes de una casa frente al mar de la que ess niño enfermizo no puede salir. Luis Bermejo le da la crueldad a esos ojos translúcidos de pequeño monstruo dispuesto a disparar demasiadas preguntas. Todos se lanzan proyectiles de inseguridad, disparados por el miedo, mientras Willy Toledo, ese subconsciente que te abraza y te empuja observa desde el borde del abismo cómo se aproximan inexorablemente a las rocas. No hay nada que puede remediar esta incomunicación, este escupirse dolor de los personajes en escena, por mucho que el sexo haga acto de presencia, abriendo la puerta a esa violencia que sólo espera encontrar un resquicio desde dentro de nosotros mismos.