Cuestión de principios

Integridad es una palabra bastante dolorosa para quien como el eurodiputado del PP, Pablo Zalba, desconoce el sentido de esta virtud. Pero dejemos al presunto para seguir con la crónica de cine… Puede que sea defecto del trailer o un entusiasmo de quien quiso ver lo que no estaba, lo cierto es que la película me “defraudó” respecto a lo esperaba ver: una encendida defensa del que no nada en aguas calmas y se apresta a la marejada de la incomprensión, quedando salvo por la solidez de la tabla a la que se agarra, sus principios. Lo malo son esas incomprensiones calladas o a voz en grito que los más cercanos profieren, asustados de verte bracear a un rumbo que desconocen porque nunca estuvo en sus mapas o porque los demás han hecho que olvidase que la dignidad, la honestidad y la solidaridad están al fondo de esa playa a la que se dirige Adalberto.

Es verdad que la cinta de Rodrigo Grande me dio una lección que no esperaba, la de aprender que las convicciones no pueden impedirte vivir y ser feliz -y hubo alguien que me conoce bien que así me lo hizo saber-, pero en parte me desilusionó pensar que habrá quien contradiga a Castilla, el personaje que interpreta Luppi, diciendo, “¡ves, todo es cuestión de precio!”.  Porque el protagonista representa los valores caducos, la moral, que sus compañeros de oficina ridiculizan, porque hace mucho que prefirieron desecharla antes que regirse por sus exigencias y frente a eso los promotores de la nueva ley de la selva siempre esgrimen un fajo de billetes. No hay nada que no se pueda comprar, aunque Castilla  descubre a tiempo que el apego que el siente por esa revista olvidada en el altillo no es más que otra engañifa de la sociedad en que vivimos, recuerdo material que le está limitando en el verdadero placer. Y eso es algo que Silva, su jefe, el joven empresario triunfador recién llegado a la empresa nunca podrá comprender, ni mucho menos adquirir…

(Alicia González)