El ansia verde

Nos tiramos por el suelo, nos tumbamos, levantamos los brazos, estiramos todos juntos esos paños que representaban el verde que echamos de menos…, pero no éramos los únicos. Sólo había que echar un vistazo a los balcones que dan a la Plaza de Agustín Lara o como la llamaba mi padre, de las Escuelas Pías, para entender que no estábamos solos. Nuestra reivindicación de verde era también la de los vecinos que, sin saberlo, adornan sus balcones con una selva aérea. Bella metáfora de sublimación, poner en macetas lo que te falta en la tierra que pisas… Diariamente a los madrileños se nos escamotea la vegetación que hace más habitable nuestra ciudad a cambio de asfalto y adoquines que, como en esta plaza, se convierten en herida en nuestras carnes, cada vez que un traspiés nos hace besar el suelo de nuestros madriles. A gentes como mi padre le hubiera horrorizado ver en qué se transforma la ciudad, apisonada bajo ese suelo igualador de lo que los técnicos llaman plazas duras, carentes de decoración, enlosadas de forma tan austera como los cementerios y quizá ahí está la simbología, en enterrar cualquier atisbo de vida. Pero ayer nos demostramos que entre cada loseta brota siempre esa mala hierba, en realidad, la contestataria, que se atreve a protestar proliferando sin que lo sepan y plantando como hicimos nosotros ayer, plazas verdes, aunque fueran de mentirijillas. Por un rato, sonreímos por ese césped tan artificial -¡como que era de tela!- y por las manos de los chiquillos que nos ayudaron a grapar nuestro efímero sueño verde al suelo y de esas señoras mayores que añoraban bancos en los que compartir la tarde, obligadas ahora a ser viandantes perpetuas en este Madrid de conversos al silencio. Porque detrás de la loseta hidráulica viene el no conocer a nadie con el que te cruzas, el no auxiliar al niño que se desolla las rodillas en plena carrera y el tener miedo de todo. Ayer no éramos nosotros, fuimos todos los que se agacharon para curiosear qué era todo aquello, incluso ese exyonqui que otro día nos hubiera asustado, pero ayer era uno más que quería más verde en su día a día, y sobre todo esa anciana que quiso compartir con todos nosotros, sentados en una inexistente mesa camilla, la historia de cuando ella levantó su voz para evitar que trasladaran la estatua de ese señor ajeno del que todos hemos tarareado aquello del “requiebro y el chotis”. Y ahí fue cuando quizá se nos quitó el ansia de verde y nos vino el ansia de más rebelión.

Las imágenes de lo que hicimos en Planta tu plaza.

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