Renacida

Cuadernos para el luto por sí misma publicados por su hijo, dubitativo en la edición de estos diarios descarnados de la escritora. La verdad de Sontag es la del desasosiego, del desamor, de la autoexigencia. Puede que se queden cortos para los lectores de esa Susan Sontag madura, pero estas primeras revelaciones almacenan mucho de esa escritora deseante que lucha por quebrar el cascarón que se le ha quedado pequeño ya en las primeras tentativas juveniles. Atrás queda la “pequeña deísta febril” como ella misma se define allá por 1956.

La autora quiere salir de esa agitación estéril en que la sumergen sus lecturas casi guiadas por su indagación de nuevos senderos en un intento de cumplir el sueño para el que se sabe preparada a pesar de todas las faltas de certeza que la acometen. Su criterio, el de la sensibilidad, en cuya búsqueda quiere anticiparse, la deja en una posición activa, hacia lo que está por venir, pero también de relectura de sus propias páginas, incluso de su cuerpo que santifica tras el descubrimiento del placer en esa temprana relación con Harriet que llena las páginas de su diario con lo peor de la jerga amatoria, junto a pasajes de su otro aprendizaje, el intelectual.

Susan es una mujer que se ensaya en sus reflexiones, que se sabe muchachona en sus relaciones con los hombres e intuye una alta dosis de narcisismo en el amor homosexual. Y en sus investigaciones por conocerse encontramos esa insatisfactoria entrevista a Thomas Mann para profundizar en esa “épica personal de hilo heroico”, alentada por su deseo de trascender, incluso de rebelarse contra las imposiciones sociales y familiares. De ahí la necesidad de relatarle sádicamente a su madre la ilicitud de su conducta sexual.

La muerte se entromete en muchos fragmentos de este visionado de su despertar, porque de igual modo que avanza su compromiso y aspiración a documentar su expresión lo hace su educación sentimental, especialmente después de la experiencia de embotamiento de los sentimientos que supone para ella el matrimonio y la maternidad radical con ese hijo suyo empeñado en preguntar “¿Cuándo mueres mientras estás dormido?”. Son los años de las relaciones como estercolero que crece bajo sus pies y de la literatura como un peso decepcionante lastrado por la perpetua contemplación, aunque poco a poco Sontag remonta el vuelo, quizá tras asistir a “Medea” en la distancia, desde esas notas que redacta para sí misma de su infancia una vez que decide que el lenguaje es el vínculo de lo sensorial y el mundo para crearse a sí misma desde la identidad de un diario.

Renacida. Susan Sontag. Mondadori, Barcelona. 2011. 321 páginas.

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