La historia del comienzo

La física teórica de Georges Lemaître, padre del big bang, no requiere de laboratorios, como tampoco su fe, provista de la misma luz que las lamparillas de la mina del abuelo. El sacerdote se atreve, desde su convicción y los conocimientos que le ha proporcionado una fructífera trayectoria académica en la que coincide con Hubble o Eddington, a cuestionar, observaciones astronómicas en mano, al propio Einstein que califica su física de “abominable”.

Su universo en expansión, finito pero inabarcable, resulta en sus cálculos, próximo como reconoce a lo largo de un capítulo en que rememora la cosmología musical pitagoriana, más tangible y manejable en esa máquina que hubiera querido Dios, para perforar en los seis días de la Creación los datos de todo aquello que se le escapó. Lemaître ejerce su proselitismo del cálculo desde las escuelas sin abandonar la certidumbre de un universo con un instante inicial que el predicador belga adorna de voluntad divina.

Presidente de la Academia Pontificia de las Ciencias el astrofísico se siente respaldado en su fuero interno por la actitud moderna del Papa Juan XXIII, defensor de científicos al encuentro de la verdad, con la dignidad humana como único límite al conocimiento. Es ahí donde descubrimos al más humano Lemaître, entregado a la cultura del saber, mientras ha de disculpar a los críticos recalcitrantes de la Iglesia, incómodos con la autonomía legítima de los que recurren a otra verdad distinta a la revelada.

La historia del comienzo. Eduardo Riaza. Encuentro, Madrid, 2010. 136 páginas.

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