El rey se inclina y mata

¿Qué monarquía es ésa en la que el rey se tambalea? Una más instaurada en el miedo que, sin embargo, no ha conseguido recorrer el cuerpo de la autora. La infiltración de las represalias en su piel vendrá más tarde. El recorrido de este silencio viene de los años en el Banato de su infancia, donde las dentaduras de los aldeanos son mazorcas de maíz melladas, pero es allí donde la ganadora del premio Nobel ha hecho suya la temeridad de la naturaleza.

En ese reinado de Ceaucescu la vida vale lo que uno resiste en un interrogatorio y Herta Müller se vale para ello de ese lenguaje indescifrable de la supervivencia. A través de él se reconcilió con el entorno siendo niña, imponiendo nombres más acordes con la realidad que las designaciones convencionales. Pasados los años son sus collages los que recomponen la vida diaria para ayudar a vencer la afrenta de un rey que come con cubiertos de oro, sordo ante la miseria circundante. Un sordo ausente, pero implacablemente presente y frente al ensordecimiento de las caras de los perseguidos ante los que Herta pasa esa mirada suya, vieja, distinta como aseguran sus camaradas en el exilio alemán.

La denuncia de la escritora es la del que se acostumbra a temblar por la persecución política y a construir un universo al margen de la locura, pero también la del trastorno estético que provoca la indiferencia en el Occidente libre, que ha olvidado el sentido de los verbos de obligación, en el hartazgo de libertad intelectualoide.

El rey se inclina y mata. Herta Müller. Siruela, Madrid, 2011. 192 páginas.