Por qué las personas inteligentes cometen estupideces

¿Agarrar la oportunidad por la exigua melena o no exponerse al riesgo? Recordando a Ulises siempre es preferible atarse al palo mayor y disfrutar de los cantos de las sirenas, por peligrosos que sean que dejar que la vida te pase inadvertida como a sus marineros, por haberse convencido de que encerarte los oídos a todo lo que no conoces es una apuesta ganadora. El autor repasa algunos casos de recientes y clamorosas meteduras de pata como la que provocó el “impeachment” de Clinton, Bill, por exceso de confianza tras haber interiorizado después de experiencias previas en las que salió indemne. Mala apreciación para un presidente de Imperio, sometido al juicio implacable de la opinión pública, que infravaloró la amenaza que suponía su conducta y no supo reconocer el error, creando para el estupor colectivo esa ambigua categoría de sexo sin sexo, pero que deja manchas de ADN en el vestido de la previsora becaria.

Ante ello, existe el antídoto de la empatía, calzarse los mocasines del otro para dilucidar el alcance de nuestras mentiras y un aprendizaje emocional que pocas veces hacen los adictos a las dietas yo-yo, aquello de tener amplitud de miras y ser coherente con la decisión tomada, es decir, lo que el castizo diría como un “¡adelante con los faroles!”.

En sentido contrario Legrenzi trae a las páginas de este libro ejemplos preclaros de que incluso los nunca cuestionados miembros de la corporativista profesión médica cometen errores. Puesto que, si tonto es el que hace tonterías, parafraseando a Forrest Gump, ninguna mayor que el descrédito en el que cayó el húngaro Semmeweis y con él la condena infligida a esas mujeres del paritorio a las que infructuosamente no le dejaron salvar. Tendría que llegar Pasteur para poner orden.

Por qué las personas inteligentes cometen estupideces. Paolo Legrenzi. Ares y Mares, Madrid, 2011. 230 páginas.

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