En Grand Central Station me senté y lloré

Casi más que el retrato de la contraportada del libro Elisabeth Smart, sin conocerla, es más reconocible en esas fotos con el pelo desordenado, al viento y esa mirada perdidamente lánguida a lo Marilyn. Pero, ¿acaso no puede hacerse un retrato muy ajustado el lector de la canadiense?, ¿hay algo más íntimo que este libro desatado de la mujer que teme convertirse en piedra cuando regrese a la cotidianeidad después de haber hecho el descubrimiento aterrador que ha transformado su existencia?

La joven se nos describe santificada por el silencio que hiere, radiante y a la escucha de esa voz que adivina inevitable. A la vez su insolencia de amante se declara sorda a los hombres que se desangran por una palabra, la de las proclamas de guerra y rebelde ante los padres de familia, nada partidarios de todo lo que toque la naturaleza amatoria de las cosas. A pesar de su intensa emoción, Elisabeth ha calculado minuciosamente las dimensiones de su jaula, que ha dotado de plenitud y sentido la presencia del amado al que glosa casi al modo de “El cantar de los cantares”. Pero no se confunda; no es una mujer desorbitada en su pasión, eso además, sino consciente de su ser presente, al que  promete no renunciar cuando sea otra en el futuro.

Smart es, como Herbert, un ser humano al borde del precipicio, luchando contra los mares procelosos de su interior.

Vila-Matas dijo

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