Escafandra preventiva de la autocombustión

kerteszAngélica le roba tiempo al sueño para estar delante del ordenador. Berta ejecuta su vida laboral desde la sumisión. Helen ha descubierto sus veleidades maternas a través de las drogas inyectadas. Rosa, la mujer con la nariz de carnero, olfatea la incomodidad y huye a refugiarse en su cajón de despacho. Eudora pretende ser buena por naturaleza, sonreír y ser una persona de conducta irreprochable, aunque hay algo de patológico en su comportamiento de 15:00 a 17:00.

Al salir de casa dobla cuatro esquinas; en todas ellas ve su rostro reflejado. No hay por qué entender que la bondad es un desperfecto en la personalidad humana, pero cuando cada bache se resuelve en depresión, debemos reaccionar con propiedad ante lo que hace caer un edificio. No hay alertas que distraigan a la maldad que está a la expectativa, por eso Eudora es presa fácil en esos momentos de estupidez bovina en que quisiera sacar de su error, borrar lo trozos de psicopatía de sus compañeros hasta que el propio sonido de su conciencia y el chasquido de los dedos de su marido le indica que una vez más ha errado el tiro.

No había a quién salvar, sólo alguien dispuesto a eviscerarla en cuanto se deje. Así son los ambientes de trabajo hoy día. Estamos incomprendidos y solventamos la soledad hablando sin parar de cada evento como si el compartir la degradación tuviera algún punto de solemnidad y liturgia que pudiera sanarnos las heridas. Por eso obedecemos una ley autoimpuesta de silencio, reflejo como el de los perros de laboratorio, porque no queremos contravenir la regla no escrita de la contención ante el maltrato.

Eudora sabe a ciencia cierta que cuando se enciende el semáforo debe abandonarse, despojarse de todo su yo como se cuelga un abrigo en un perchero y comenzar a sumergirse en la piscina sin fondo de la degradación. Siempre hay algo más que puedes hacer, siempre hay alguna secreta confesión que estás dispuesta a conceder en esa transición oscura de quien ha perdido de manera antológica el gusto por reivindicar sus derechos.

(Hay otro agosto más fresco, menos tóxico, más asfixiante fuera sí, pero dondes se permita respirar, porque aquí, entre vosotros no puedo.)

Y no hay nada más que puedas decir, con eso sería bastante, pero no sería capaza de articularlo, no habrá agallas, ni branquias, ni nadie que la escuche, porque en la pecera que ha construido a su alrededor el único oxígeno se lo provee ella misma cuando conecta su música y olvida o lo intenta el asedio y piensa en el tiempo que pasará al llegar a casa, feliz, piensa ella, aunque en cuanto llegue se derrumbe y no queden más que escombros con los que levantar otra vez la desilusionada pared que construye un día tras otro para perdonar a quienes nos ofenden o parapetarse detrás de una callada y cobarde indiferencia ante el que no es otro que los demás convertidos en carnaval de animales.

¿Los indios cimarrones existieron? Tal vez sea otra interrpetación errónea más de quien no distingue entre colonizar o dejarse conquistar. A veces pienso en aves nocturnas migratorias y no dejo de buscarlas, aun sabiendo que los únicos animales que hacen daño por la noche somos los seres humanso y las rapaces. ¡Seamos alimañas!

Angélica se ve a sí misma con escafandra, de esas que tienen una pequeña manilla para abrir el cristal y verle la cara. Sería más fácil todo así, todos provistos de ropa de protección contra las incursiones ajenas, contra los procesos de autocombustión.  No hay nada de eso en la realidad y eso la obliga a perderse en la pantalla monótona de universos que le interesan, pero la alejan a la vez de sí misma, senderos de vidas de gente muy activa, mientras ella se contamina de reclusión y de pasividad satisfecha.

Cree hacer algo cada día sentada delante de un ordenador con el que no hay que enfrentarse, que no plantea dudas ni debates, para el que no hay que ser un entendido ni estar brillante, que sólo reclama su atención y una cosa peor, su energía.

Angélica adora pensar que cada día hace algo importante, aunque nadie contabilice los clics y la desesperación se va marcando en sus arrugas. Puede haber o no interacción, pero la sola convicción de que el encierro es válido edifica muros donde antes había intenciones. No le queda nada claro que llegue el día en que la ventanita de su escafandra no se cierre para siempre y quede como la condesa Báthory atascada, presa de ese vicio tambien inconfesable. Y para ella no habrá rendija por la que acceder a la comida, porque entonces habrá consumido toda la ilusión que su pc no le dispensa. Habrá que inventar desconexiones programadas, pero no se siente capaz, al menos por ahora. Debe demostrarse que es úti y eficaz en un mundo que sabe que ha prescindido de ella.