Yo estuve ahí

Es lo que nos dicen esos hinchas de fútbol, facebookeros a la caza de la última foto con una Gadafi muerto. Lo peor, él ya sabía que iban a asesinarlo. Ahora la BBC repasa cómo preparó la cobertura informativa de esa captura anunciada y ese más que previsible asesinato, tal vez no con tanta crudeza, tal vez la carne aún olía a vida.

No creo que ésa sea una buena herencia para esos niños que cantan el himno de Libia para celebrar la nueva era.

Dice Amnistía Internacional que los nuevos mandatarios debieran propiciar las investigaciones sobre las circunstancias de esa muerte retransmitida. No fue un buen ejemplo la farsa del juicio a Sadam Hussein, ahorcado casi en directo, pero al menos el mundo pudo confirmar la mirada extraviada del criminal.

Pero aún no hemos visto todo: un miembro del Consejo Nacional de Transición –en transición hacia qué y cómo después de esta catarsis de la violencia- declara impasible que los despojos se entregarán a los familiares del dictador. Quizá hubiera podido ser un funeral menos íntimo, de no haber sido Muatassim también ajusticiado ante la pasividad pública.

Nos ahorran la representación del juicio, el escenario de las acusaciones en uno y otro sentido, los sucios contactos del sátrapa con sus antiguos promotores, hoy verdugos y no parece que nadie vaya a sentarse en el banquillo por su muerte. Su retrato era el de un hombre abotargado con el pelo en desorden,  como el “Cara cortada” de “La matanza de Texas”, aunque haya sido él esta vez la víctima sacrificial del rito. Zarandeado de un lado para otro, Muamar el Gadafi miraba desconcertado la sangre manándole del pecho; ya no pronunciaba una de esas frases con las que quiso convencer a sus captores de que tuvieran compasión. Supo que era inútil con sólo ver sus ojos, sedientos de la misma sangre que una vez bebió con avidez. El coronel fue el actor de esa macabra escenificación de la justicia que proclama Occidente; amenazó con acabar con las ratas y terminó refugiado en una canalización de ésas para cloacas.

No hay piedad para quien se sale del libreto y Gadafi lo hizo en repetidas ocasiones, las mismas en que fue recibido con todos los honores en los salones del reino de los principales Estados democráticos, coreutas de un crimen que gracias a la retransmisión sabemos consentido.

Sarkozy fue de los primeros en felicitarse por esta tétrica liberación que a Francia le reportará cuantiosos negocios, cerrados antes de cazar al león. La piel ya se la habían repartido, mucho antes incluso de contarnos la increíble asepsia que significaría la imprescindible zona de exclusión aérea. Ya hemos comprobado que los matarifes nunca acaban de limpiarse bien las manos. No sabemos qué nanas le cantará Nicolás a Giulia, pero sí que las sangres del nacimiento de su hija y la derramada por el dictador se confundieron casi en el tiempo para horror de los que creemos en los tribunales internacionales como método impartir justicia, a la vista de todos, como esa muerte televisada.

Pero aún no hemos visto lo peor: nos queda el circo, el pasen y vean de los miles de libios que hacen cola frente a una cámara frigorífica, no en busca de alimento, sino para ser partícipes de este festín, la liturgia de ver el cadáver del líder al que hasta hace poco jaleaban. Necesitan constatar que está muerto, que ya no puede hacerles daño, pero sobre todo, que no se equivocan al proferir vítores a los nuevos salvadores de la patria. La misma orgía que hace décadas vivieron sus padres.

(Publicado en FronterAd)