El aliento de la muerte

¿Qué me queda por preguntar a Saramago? Con frecuencia el periodista atesora nombres de posibles entrevistados a los que guarda en la cartera de los pendientes, esperando en algún momento poder tacharlo y algún día enseñarlo como las madres muestran las fotos de los hijos a perfectos desconocidos.

Saramago era una de esas fotos para mí, uno de esos nombres que me exigirían sentarme, documentarme, aburrirme, empaparme y quedar durante unos días traspuesta, llena de palabras. Pero había llegado tarde, no como él decía en el sentido de que “todo lo bueno en mi vida vino a ocurrirme tarde”, porque en este caso el retraso se traducía en imposibilidad, en un demasiado tarde.

Llevaba varios días siguiéndole la pista, pero el primer golpe de voz, de su voz tan viva en la web del documental colgado en porciones me sobrecoge. Se me caen las lágrimas por saber que entro en su intimidad de esa forma tan impertinente que es internet. ¿Qué queda del dolor de la pérdida? Acaso un documental pueda mitigar para Pilar el mutismo de esa voz que la reclamaba. Sueños de una luz que no cesa, gritos soñados de desesperación llamando a Pilar. El pánico de que el tiempo se acabe antes de acabar el libro. Varias imágenes para la memoria y sobre el pecho del autor dos claveles. Dentro, lo sabemos por la confesión de su viuda a Gabilondo, un ejemplar del “Memorial del convento” que se mezclará con sus cenizas. Y antes esa travesura penúltima, la ascensión a Montaña Blanca.

Muerto en 2010 sólo me restaba intrigarme en las coincidencias. Como el inspector Klosevitzs yo debía hallar la conexión: un primer atisbo lo localizo en sus primeros años como trabajador de la industria metalomecánica. Así que ambos habíamos olido el chispazo del soplete en las tareas de metalistería y conocíamos la sensación sonora del acero fundido. Provista del calor recordado del tren de laminación pienso en que la indagación de su huella debe comenzar por su presencia en las redes. Twitter ha santificado a José como el valedor de la causa contestataria y es en esas palabras donde aún queda mala hierba, Saramago por arrancar. Porque el escritor portugués, para sus detractores, aquellos que maldijeron su nombre –quizá el equívoco del Registro Civil actuó siempre como escudo protector ante esta insidia- deja un rastro de azufre en sus declaraciones. Víctima de la confusión de identidades él mismo, José será Saramago, porque así son llamados los suyos en su tierra y no hay funcionario que corrija el error. Con su nacimiento se rompía el consenso del reconocimiento, de la convención y se daba paso a la desposesión identitaria del hombre levantado del suelo, pero aún de rodillas al que el escritor portugués dará motivos para alzarse.

Saramago el descreído de la fe, pero creyente de la acción colectiva hablaba demasiado alto, demasiado claro para que su condena de la fastuosidad, de esa mendacidad eclesial no se oyera. Le habría extasiado ver las coreografías de los participantes de la Jornada Mundial de la Juventud, muchachos y muchachas retrocedidos en el tiempo, cantando alabanzas a un Dios que él sabía inexistente. Saramago se interrogó muchas veces, con la pertinacia de quien quisiera vislumbrar tal vez otra respuesta, desde su silencio de isla, pero la respuesta siempre era la misma desde su comunismo hormonal: nadie justifica la maldad que anida en el hombre y es hora de asumir nuestra parte de culpa, sin construcciones desviacionistas. Era la humanidad la que debía ser cuestionada y no esa ficción anestesiante. Y ante la ausencia de otras respuestas que no estén dentro del hombre, la pluma como salvación y conocimiento de su “Manual de pintura y caligrafía”. No siendo ciego, Saramago tantea en la oscuridad de sí mismo, reconociendo que “no sé qué pasos voy a dar, no sé qué especie de verdad busco: sólo sé que se me ha hecho imposible no saberlo”. De fondo, la invalidez de la lengua, los obstáculos de la ceguera de la razón y los vocablos con que aprehenderla.

Frente a ese diálogo del hombre consigo, Saramago hubo de sufrir indecibles torturas. Puede que llegara a pensar que nadie le escuchaba, obligado como estaba a repetir una y otra vez la lección ante unos medios de comunicación insaciables, “caldo recalentado” como llegó a definirlos. El hombrecito de apariencia desvalida se pregunta ante la cámara, incluso en voz alta si “a estas alturas una persona tiene algo que decir que valga la pena”. Sí, los medios como intuye Pilar quieren cobrar la pieza, adornar la vitrina de sus éxitos con la última entrevista a una voz que no quiere extinguirse. Mientras él, como el elefante, dedicado a lo que sabe hacer, “andar, andar, andar, caminar, caminar, caminar”. Más de veinte años sin vacaciones, se lamenta en alguna ocasión, pero había en su peregrinar un toque de resistencia, de bofetada a esa muerte con que todos los periodistas del mundo le asediaban. No hay que esforzarse mucho para imaginar a José Saramago entreabriendo los ojos y sorprendiéndose momentáneamente al ver que el presentador de turno se coloca adecuadamente esa máscara de Catrina, la simpática dama mexicana del cortejo fúnebre. Quizá en todo este ritual de preguntas y repreguntas quedara algo de conjuro, quizá Saramago confiara recónditamente en que surtiera efecto la fórmula del barón Lamberto del cuento de Rodari y cada voz que pronunciara su nombre por mucho que llevar aparejada la palabra muerte significara una prolongación de esa vida que se le iba borrando entre flashes y  la arrogancia de la mejor pregunta nunca realizada.

En la mesa de la FIL de Guadalajara Tomás Eloy Martínez, Carlos Monsiváis y él mismo, en lo que es ya un escaparate de muertos. Saramago duerme mientras García Márquez se frota los ojos con desespero. Asistimos en directo a la tortura de los dioses. ¿Por qué quienes tanto decían admirarlo preferían someterlo a jornadas maratonianas de firmas, besos, fotos y abrazos en lugar de olvidarse del afán por la inmortalidad y dejar que se fuera a reposar un nuevo párrafo? ¡Qué culpa tenía él de ser de Azinhaga para tener que soportar los bailes regionales!

Jugó con todos los tabúes, hasta con acostarse con la muerte para habituarse a ella y erradicar su preeminencia. Sin darse cuenta los paparazzi del talento de otro insistían en quitarle horas de escribir, devorando su presencia, su firma. Hubiera venido bien repartir entonces ejemplares de aquel cuento de “Las noches difíciles” de Dino Buzzati donde los ancianos deben convencer a los jóvenes de que la verdadera rebelión es la que está pendiente aún contra la muerte. Pero no hay manera sus seguidores no han entendido nada, quieren que les dibuje un hipopótamo, tan sólo unas líneas, el trazo póstumo.

Entretanto, uno no puede evitar asomarse a la cadencia fonética, a la vecindad entre el proboscidio Salomao y el escritor portugués Saramago. Es más, si uno se fija atentamente tal vez el autor de “El hombre duplicado” entendió que no necesitaba buscar más desdoblamientos en los seres humanos porque había encontrado ya a su más cercano semejante en un parentesco interespecie, ese elefante que emprende un último viaje. “Ese pobre diablo deshaciéndose en agradecimientos”, Salomón, era él. El enorme regalo a cuatro patas se deja conducir, dispuesto incluso a morir en marcha como los personajes del tren de “El guardaagujas” de Arreola. Este cuento de “Las mil y una noches” refleja una preocupación tan íntima como la que significa escoger para revestirse con su pellejo a un animal cuya existencia va indisociablemente ligada a la de su cuidador. Saramago anuda en la trama de este cuento el misterio de cómo deshacerse de cualquier cosa aparatosa que nos ancle la vida, llámese elefante. Salomón se había convertido en eso para sus propietarios, pese a las lágrimas de la esposa del rey Juan III de Portugal, en un estorbo arrinconado al que había que buscarle una salida. Por eso la visita del archiduque Maximiliano de Austria parece caída del cielo, porque ofreciéndole este presente le desagravian del regalo de nupcias y porque no es tan fácil mantener intactas las arcas reales cuando tienes un  proboscidio al que alimentar. La ironía reservada para la escritura y desterrada de las relaciones personales.

Tal vez el escritor se percibe en esos últimos años dependiente, con la piel grisácea pegada a las facciones, el rostro enjuto y contempla en la distancia ese ojo que parece mortecino, pero escudriña al espectador, el suyo propio. Convertido en presente para quienes le escuchan en interminables giras promocionales el autor ejecuta sus mejores números ante un público tranquilo, conforme, resignado, cediendo al escritor toda la insumisión. Desde esa posición de observador vigilado Saramago comparte su perplejidad con un Algarve plagado de turistas que renombran hasta las playas. Otra de sus obsesiones, lo nominado y lo innombrable, ¿Yahvé?, lo tangible y lo inalcanzable. El periodista sabe de la importancia de otorgar a cada cosa su nombre, “Todos los nombres”, desplegando seres de identidades dúplices que gastan su desasosiego en recobrar verosimilitud, historiadores de la narración como Tertuliano Máximo Afonso que quizá descubran protagoniza otro. A ese otro que, si nos recuerda demasiado a nosotros mismos hay que eliminar colocando una bala en la recámara y saliendo a su encuentro. José Saramago se divierte con esa chiquillada de dejar de intentar entender al individuo simétrico, aquel cuya voz le sume en la locura de la multiplicidad. Confesaba a otra entrevistadora, Silvia Lemus, el salto a partir del “Ensayo sobre la ceguera”,  de fuera adentro, de la estatua a la esencia, al individuo que es el mineral, esa roca a la que se aferra cada ser humano para seguir siendo.

Saramago estaba habituado a esperar ante la puerta de las peticiones de “El cuento de la isla desconocida”, mas no en actitud suplicante, sino golpeando la aldaba, alzando esa voz que aprendió a manejar frente a una tartamudez primera. Los lamentos incomodan y los suyos eran los del pesimista empeñado en hacer cambiar a un mundo donde hasta el empleado de una fábrica de armamento lucha por ser bueno en su oficio. Los teólogos hablan del miedo de leer a Saramago: aterra esa convicción, ese modo deslenguado de afirmarse “cuanto más viejo, más libre, cuanto más libre, más radical”. Es ciertamente peligroso ese anciano que denuncia lo fácil que es morir en África, “el continente del desastre”. Sin embargo, él no estaba como quienes hacían leña de su árbol -¿dónde quedaron los olivos de su infancia?, ¡pronto aprendió la traición de los Judas que vendieron la lealtad por ayudas de la UE!- fuera del mundo concebido por la iglesia en la que no creía.

De haber estado en los años de la guerra fría, el argumento de esta película acabaría con una conspiración al más alto nivel para deshacerse del molesto impertinente, el labriego vagamente instruido que se atrevió a cuestionar toda clase de canonjías en su obra encuadernada y en la bombardeada por la red. Acusaciones contra él, todas las posibles, inclusive la de conspirador de causas anexionistas perdidas, de condonaciones de deudas que la crisis financiera ha sepultado en la fosa común de la agenda mediática bajo esa excusa del capital. “¡Experiméntese!”, dice en algún instante, usando imperativo de alquimista al comparar a Berlusconi con Catilina e instar a reprobar su conducta con tanta vehemencia como la de aquel. El hisopo del Nobel concede a Salomón-Saramago un nuevo aire a santidad y pasa así a ser de nuevo objeto de atenciones, derramando a su paso los dones de un animal que termina confirmando la supremacía del catolicismo frente  al reformismo luterano. Estéril combate el del ateo en la Corte del consumismo. Dejar de morir, dejar de votar, dejar de consumir, decrecionismo antes del acto fundacional para un escritor con voluntad de Edipo que no quiso arrancarse los ojos y no ver más la dictadura de la resignación.

Saramago palpa esa caverna que describe y sentado en la roca Tarpeya de su clarividencia denuncia cómo las imágenes nos están ganando la partida, imponiéndose a la realidad. Por eso quiere hacer acopio de instantáneas que se infiltren en esas noticias usurpadas, visitando a Aminatou Haidar, elevando su voz contra la guerra. Es ahí donde los destinos de Salomón y Saramago se separan pues si “El viaje del elefante” relata “el proceso de sumisión del sujeto”, dura conclusión después de toda una serie de libros emblanquecidos por el autor de “La balsa de piedra”, el suyo es el de la rebelión, la bandera blanca frente a quien escoja empuñar las armas. Blanco de las papeletas del “Ensayo sobre la lucidez”, blanco que ven los ciegos del “Ensayo sobre la ceguera”. Un universo lechoso y pacificado donde aún queda una oportunidad para tomar el camino de regreso a la polis griega. Pero no, parece que los lectores, pocos para insurreccionarse, o precisamente quienes no leían a Saramago, muchos y ocupados en contener los diques de la obscenidad habían optado por un mundo coloreado en negro. Detenido frente a sus patas cortadas, las del paquidermo, el escritor se medita a si mismo, “Todo pode ser contado de outra maneira”. Nada me queda por preguntar.

Xosé y Pilar

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