Leer la mente

Mentalismo no es aquella habilidad circense o de sala de variedades, mentalismo puede ser el aprendizaje de uno desde los demás. En esa tesis Jorge Volpi arma este libro en el que analiza el cerebro y el arte de la ficción que, lejos de ser esa artesanía prescindible, menospreciada constituye un elemento fundamental de autoconocimiento. Somos porque nos sentimos rodeados, porque nuestras neuronas espejo juegan a sumergirse en las emociones de los otros y a sentir toda esa sintomatología de sensaciones que genera un cuerpo. Ficcionar ha de ser por fuerza una actividad colectiva de reconocimiento, conectada con cientos de lazos a la realidad, casi una transcripción literal y otras, vagamente diluida en los aconteceres. Cualquiera de ellas permite al ser humano tocar al que se ha insertado en su relato como oyente o personaje, sin que la falsedad del argumentario cambie una coma de esa experiencia de pensamiento reflexionando sobre sí mismo desde la palabra.

El mexicano confía en enterrar definitivamente con esa visión de la escritura vana que  relaciona la creación literaria con un entretenimiento fútil de salón, pues para él la invención es una herramienta y no la más desdeñable de la evolución humana. Mediante la narración el sujeto insiste en incorporar las calamidades ajenas a un entendimiento vicario, pero al tiempo interiorizado que le hará llorar, sin fingimiento, interiormente, para lograr la evitación de ese dolor cuando se enfrente a esa vivencia relatada. Su exposición se basa en teorías contrastadas como la de Hofstadter con lo que Volpi traduce como crenio, divertida analogía que le permite explicar el funcionamiento del cerebro, donde las interconexiones entre las símbolas y los bordes de una maleable mesa de billar, recrean la flexibilidad de esa caja de resonancias que es la mente y los choques de los memes en permanente cambio a partir de los sentidos. Nos queda la duda de si las patas del artefacto son las que aportan estabilidad a ese órganos repleto de bucles extraños que darán origen a la abstracción del yo.

Reconforta pensar que el tiempo ocupado en procesos mentales más elevados otorga una retroalimentación más consistente al proponernos patrones que requieren desovillarse y una más densa identificación que los presentes en las telenovelas. Y que la insistencia en la secuencialidad de los creadores de robots siguen marcando distancias entre los autómatas y los seres pensantes en paralelo, los autorreferenciales individuos que conservan su ventaja frente al ingenio electrónico porque la maleta de sus recuerdos almacena la dosis precisa de espejismos admisibles para seguir manejando con más o menos acierto esa verdad cotidiana no siempre escrita, pendiente de ser contada.

Leer la mente. Jorge Volpi. Alfaguara, Madrid, 2011. 167 páginas.

 

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