El polvo de la pérdida

Después de revisar detenidamente su solicitud hemos convenido mantener su expediente en nuestra base de datos, si bien entendemos que su perfil no se ajusta a las condiciones del puesto ofertado. Sin más, le saluda atentamente, respuestas inmaculadas, parafraseando cartas que nunca nadie escribió por primera vez y se siguen difundiendo por el ciberespacio como si nada pudiera alterarnos. El cartel de la estación advierte “Chief’s”, presumiendo de jefatura, aunque ¿quién quiere ser patrón en plena reforma laboral? La desfachatez no tiene extremos, porque la iconografía recuerda a uno de esos jefes indios, dueños de nada y herederos de un vacío de casinos, destrozavidas de los hombres blancos que descargan sus bolsillos en descampados con luminosos para hacerse merecedores de una fortuna que les es reiteradamente adversa. No puede haber mayor traición que la de mirarse y ver a otro, por eso los espejos de las salas de juego están justo a la salida, o a la entrada, según se mire, porque de estar decorando el marasmo, el jugador se sentiría absorbido por la escena grotesca de su propia imagen reflejada en una distorsión insoportable. Por eso, ¡vámonos de aquí que ya les hemos dejado bastante a esos mamones!, grita un desplumado, torciendo el gesto y la espalda hacia la mesa de backgamnon en la que ha dejado sus últimos 300 de la noche. La bragueta no le alcanza para pensarlo y es su amigo, quien le tiene que agarrar solapeando el inicio de bronca. Hay que retirarlo de ahí antes de que el aguacero de las palabras atascadas que ahora fluirán como por sortilegio, por efecto de la derrota, broten arrasando a todos los que observan desde la perplejidad a ese tipejo que hasta hace un momento era la admiración de la mesa con sus pilas de fichas de colores creando una línea de rascacielos de la suerte sobre el tapete. Perdido el encanto. No es más que un borracho, tambaleante, mal perdedor,  gusano acaso que llega a las costas de la Habana para escandalizar a los nativos con ese desprecio por el dinero de los terratenientes. Pero no hay tregua ni siquiera para él, una vez que ha perdido el encanto de los billetes del tío Thomas; tiene que salir de inmediato del recinto si no quiere que los gorilas apostados convenientemente se deshagan de él y de sus neuras. Ya no les vale que esta mañana fuera él quien repartiera propinas excesivas. Se acabaron los alardes, el polvo de la pérdida se ha apoderado de su cadáver en el suelo de la batalla y son otros quienes recogen el testigo de la buena fortuna, parapetados tras sus gafas de jugador adiestrado para el ocultamiento y el silencio.

¿Dónde está mi padre, qué han hecho con él? Muerte por idiosincrasia: demasiado viejo, demasiado enfermo, demasiado ausente, demasiadas quejas, demasiadas hijas, demasiados días.

 

Hombre realizando círculos con el paraguas sobre el suelo de la estación, frente a una tienda con una pizarra escolar. No hay sitio ya para gurús.

El perrito oculta con las patitas la siguiente idea, seguramente ha olido ya que iba a ser una mierda.

 © Jaberbock

 

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