El archivo de toreros, un jardín de desgracias

varelito

LA DOCUMENTACIÓN MÁS ANTIGUA ES DE FINALES DEL SIGLO XIX

Cinco cartas cerradas desde 1921 o 1922. Es lo que queda de la historia de cinco chavales que ingresaron en la asociación taurina y, a los pocos meses, sin trabajo, se enrolan como soldados y mueren en la guerra de África. Nadie reclama nada, porque “a cada madre le habrían dicho que su hijo se estaban metiendo a torero y, aunque habían pagado ya unas cuantas cuotas y tenían derecho a cobrar alguna indemnización, las beneficiarias nunca fueron a reclamar nada”.

Al menos es lo que deducen los compañeros de la Biblioteca de la DP del INSS de Madrid: “Nos da la impresión de que alguno de ellos desapareció o en el Barranco del Lobo o en la batalla de Annual, porque allí murieron más de 20.000 hombres”. Recientemente se abrieron esos sobres, dejando constancia de la fecha de apertura y qué alumnos de la Universidad Carlos III fueron los encargados de esta peculiar cita con la historia, en un recinto que es algo más que una biblioteca.
“Hay documentación de archivo sobre todo, y luego libros donde llevaban las anotaciones –Libros de declaraciones, les llamaban– de las actuaciones taurinas que iban haciendo, que sería un poco como lo que se recoge en la vida laboral”, nos cuenta Antonio González. Para conocer la totalidad de los materiales se sigue trabajando en la catalogación de cada caja, que requiere más de diez horas de trabajo, tarea en la que han estado realizando prácticas durante algunos años los alumnos de Biblioteconomía de la Universidad Carlos III. Alguno de ellos, cuyo tío-abuelo había sido mozo de espadas le llevó a la hermana de ese torero, que aún
vivía, la fotocopia de una conmovedora carta personal de hacía más sesenta años.

El drama de Varelito

“El último expediente en el que hemos estados trabajando es el de Varelito, donde encontramos un comentario curioso del año 1910: ‘según su representante de Sevilla, este socio no quiere declarar el nombre de la persona que debe cobrar el socorro en caso de fallecer, por parecerle una superstición, porque ve una relación mágica entre poner su nombre y la muerte, pues considera que con su nombre en un sobre –de alguna manera un sobre para muertos– está induciendo al azar a poner fecha a su muerte y a que el toro cumpla esa función del destino y acabe con él de una cogida”, nos relata Gonzalo Gil. ¿Qué le paso a Manuel Varés García? Cada año tenía una cornada, hasta que en 1922 muere; lo sabemos por una nota de prensa, también conservada en el archivo que reza: ‘En Coria del Río y presenciando como espectador la corrida hallábase el novillero Varelito que a petición del público bajó a torear. Después de dar lucidísimos pases entre grandes aplausos, fue enganchado entre los pitones por una ingle y volteado, resultando herido en la región escrotal. Trasladado a San Juan de Aznalfarache en el carruaje del padre de Belmonte y avisado en Sevilla el doctor González Blanco, éste reconoce al herido hallando una cornada penetrante y disponiendo el traslado a Sevilla para operarle. En una camilla fue transportado Varelito, ingresando en el hospital en la sala de distinguidos donde el doctor Blanco, ayudado por el doctor Meneses le practicó una operación detenidísima y delicadísima’. El último documento de Varelito es su esquela, con las debidas jaculatorias a Dios.

A instancias de Guerra Bombita
los primeros socios se reúnen
entre 1910 y 1911 para crear los
estatutos del montepío taurino
La mitad de los toreros de la época no tenían una larga vida laboral y por eso, según atestigua otro expediente, los primeros socios se reúnen entre 1910 y 1911 para crear los estatutos de esta Asociación Taurina. ¿Y cómo demostraba un torero por aquel entonces que se dedicaba al arte de Cúchares? “Al final de cada temporada aparecían con quince o veinte carteles debajo del brazo donde figuraba su nombre para justificar las corridas. Todo esto fue organizado por Guerra Bombita, un triunfador de las plazas que es el socio fundador. El siguiente ya no es un torero de éxito, sino un muerto de hambre como tantos otros; el archivo es un jardín de tragedias, porque el toreo antiguo era eso, no había enfermerías en las plazas”. A instancias de este diestro pudiente se crea la asociación, para impedir que los toreros acabasen mutilados o inhabilitados para trabajar y muriéndose de hambre, ellos y sus familias, entonces numerosas.
Pocos matadores llegaban a los 65 años en la plaza, si la suerte los acompañaba, por eso pagaban una cuota mensual, por si tenían una cornada. “Si una operación quirúrgica importante con ingreso de cuatro o cinco días costaba quince pesetas, la aportación mensual de unos céntimos permitía que su curación en un sanatorio especializado en toreros fuera gratis, y que si moría les quedase una pequeña paga a la viuda y familia, para ir tirando”, comenta Gil.
Una historia valleinclanesca
Pero no acababa ahí la sordidez…. “La cocinera del sanatorio hacía el caldo con una gallina, pero la primera en comer era su sobrina, y a los toreros no les llegaba nunca el consomé que les recetaba el médico”, explica Antonio González, que considera que a través de aquellas vidas laborales (carteles, cartas de pensión, recortes de prensa, fotografías, y muchas esquelas de fallecidos por cornada) se puede retratar aquella primera tauromaquia. Y mucha correspondencia de familiares de los toreros, porque había un trato paternal y de amistad con los empleados del montepío. “El 80-90% de los escritos son dramas auténticos, porque estas personas no tenían otro medio de vida y cuando sufrían una cornada se podían morir de una septicemia. Una de las cartas más impresionantes es la del padre de Granero, un torero muy joven que sufrió una cornada en un ojo y falleció. El padre envió la carta a la asociación taurina hablando de que su hijo era un hombre que prometía y con grandeza de corazón y ánimo, destinado al éxito, cuya vida quedó truncada. Conocemos lo que era el trajín del toreo, las enfermerías, los riesgos y las muchísimas cornadas que se repartían en aquellos festejos, porque se toreaba de otra manera – los caballos no llevaban protección y morían dos o tres en cada espectáculo, empitonados por la barriga-. Era una drama de Valle-Inclán, de tripa y morcilla”, según Gonzalo.
En condiciones tan precarias para ellos era imprescindible inscribirse y si no se afiliaban para no pagar es porque estaban desesperados, porque no tenían corridas. En cuanto tenían algunas y podían pagar un mínimo lo hacían, porque las operaciones quirúrgicas a 15 pesetas eran una auténtica ruina. Amargura que refleja la carta de un torero: “He ido al hospital, me están reclamando quince pesetas y estoy desesperado porque no tengo nada. ¡Por favor, ayúdenme, porque creo que tengo derecho y al pertenecer a la asociación taurina pienso que me deben devolver ese dinero, háganse ustedes cargo!
Toda esta peculiar documentación perdió su vigencia a afectos del trámite administrativo y quedó arrinconada en algún almacén, hasta que un encargado del servicio de transportes, que era aficionado al toreo, en lugar de trasladarla a otro almacén, junto al resto de los archivos de hostelería, comercio y otras mutualidades, recupera para la biblioteca todo ese material sobre banderilleros, mozos de espadas y toreros, salvo un expediente. “El único que falta, que nosotros sepamos, es el de Manolete, porque alguien se quedó con él. No pasa nada, porque su vida se conoce tan bien que no es de los expedientes laborales más importantes en ese aspecto”, concluye Gonzalo Gil.

Alicia González

(Publicado en Revista Activa)

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