Butes

Si el nadador de Paestum hubiera sabido que lo enterrarían con una caparazón de tortuga como ajuar funerario quizá su salto hubiera ido acompañado de una última carta, la del rechazo a lo establecido, sobre todo la música. Desconocemos si esa silueta del sarcófago corresponde a Butes, aunque como él nos habla desde el silencio y nos arrastra a la sonoridad animal de esas Sirenas a las que no pudo o no quiso resistirse. ¡Quién sabe si lo que movía a Ulises no era más que la inmodestia de saber hasta dónde se habían pregonado sus hazañas! Pero ese conocimiento de la fama implica la muerte segura y sólo un hombre dispuesto a olvidar a Orfeo y sus sones reglados es capaz de zambullirse para mecer su oído y experimentar la pérdida absoluta.

Etimológicamente el boyero apaciente quizá a estas figuras monstruosas con seductor busto de mujer en las que el autor encuentra el canto primigenio, el de las aguas y por tanto, el de la esencia del hombre en el tiempo, desposeyéndose de esa identidad incorporada por la repetición del ser social y precipitándose de manera irrevocable en una palabra muda que lo invade, conectada con un lenguaje anterior al pensamiento y a una audición que, en contra de la pasividad de espectador de Ulises, debe atender a la llamada de la animalidad, justo la que se opone a ese esteticismo defendido por Alcibíades al despreciar el aprendizaje del aulos.

Butes se alza con el cetro de la imprudencia necedad de saltar, de decidir, de no seguir la línea de esa sabiduría sin tacha de Odiseo y es sin más el silencioso disidente. El argonauta representa el retorno al agua, al origen del mismo modo que Schubert se sustancia en esa nostalgia radical.

Butes.Pascal Quignard.Sexto Piso, Madrid, 2011.95 páginas.

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