Confesiones de un joven novelista

¿Cómo ordenar los objetos innumerables de una Wunderkammer? Con ese mismo deleite el semiólogo italiano nos permite acceder al tesoro de sus reflexiones más íntimas, las del preparador de novelas. En esa tarea nos desvela su admiración hacia lo inefable, ese recurso empleado por Homero y que él recupera en “La isla del día de antes” para, mediante hipotiposis evocar en el lector la multiplicidad de los colores de esos mares del Sur.

Eco confiesa sus modos de trabajo al explicar cómo pasea grabadora en mano para extremar la fidelidad en el recorrido de Casaubon que le conduce a la iglesia de Saint-Merri y comparte con el lector sus experiencias como autor empírico, diseccionado por estudiantes de Bellas Artes que hacen encajar sin gran dificultad escenarios ficcionales con  un París real de la misma sordidez. Pasajes sazonados con la ironía de un autor que no duda en burlarse de los mundos doxásticos de ciertos expresidentes del Imperio a través de sus aceradas observaciones. Porque los personajes del mundo perfilado en tinta están determinados y sus atributos tan definidos y de identidad tan inconfundible que se asientan como un criterio de irrefutabilidad muy por encima del de cuestiones de tradicional bizantinismo como la naturaleza de Cristo. Y eso, a pesar de la incompletitud de los mundos narrados, muchas veces parejos a la imperfección que ciega a los seres de carne y hueso.  No cabe, por tanto la reescritura de una ética que refleja nuestra mitología emocional.

Confesiones de un joven novelista. Umberto Eco. Lumen, Barcelona, 2011. 221 páginas.

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