La vía

Ahogados por haber querido salvarnos por la economía somos todos los ciudadanos del mundo los que nos sentimos rehenes de este motor que echa chispas. El desarrollismo incansable, la solidaridad estatalizada y la atomización de los más débiles, comunidades indígenas, por ejemplo, pero también, mujeres y migrantes obligan a repensar este modelo renqueante. El autor va segmentando los distintos aspectos de nuestra locura para recolocarnos frente al otro y enterrar por siempre al rival lacaniano. Morin no contempla más salida que la intermodalidad en cuestiones logísticas y de transporte, ni más rutinas en las prácticas médicas y sanitarias que la globalización del conocimiento y la riqueza, recuperando las habilidades perdidas de esos pueblos primigenios, olvidadas por Occidente y proporcionándoles a cambio los frutos de la investigación contra el sida.

Descentralizar, concienciar y transformar esa globalización unilateral en una rehumanización están en la mente de quien puede pasar por visionario o por implacable pesimista, pero que no hace más que aplicar la ética al necesario reparto de la riqueza, estableciendo las toxicidades de una civilización excluyente y reduccionista a la que sus tradicionales enemigos no pueden o no quieren amparar. El sociólogo francés propugna acabar con ese insano ocio de pagar para disfrutar de experiencias inolvidables y convertir la comunidad en espacio de encuentro del propio individuo consigo mismo y a la vez con esos vínculos desaparecidos con la naturaleza y el entorno de los demás seres humanos por la asfixia de un progreso sin rumbo basado en una destructiva superioridad antropocéntrica. Dicen que Morin ya no es comunista…

La vía.Edgar Morin.Paidós, Madrid, 2011.291 páginas.