Jugando a los recortables para “Encontrar la historia que no existe”

Los sátrapas, sean o no eternos también juegan; juegan con sus voces a dar órdenes o a cantar La Marsellesa, aunque luego no duden en apuntar con La Gran Berta en dirección a París para que  luego, nosotros, más de un siglo después nos encontremos absortos ante esos aparatos imposibles de madera,  con sus bombas de pistón, sus rudimentarios tubos y cajocintos y un mecanismo que recuerda al carro de las antiguas máquinas de escribir delaciones como la que quisieron arrancar a Fucik. La conciencia de estar vivo se aferra a cábalas infantiles que destellan en la desesperación: los muertos no tienen sed…

Aquellos artefactos, chivatos de la miseria e hijos de la primera obsesión por almacenar esa característica tan humana, guardan apenas el hilo de un recuerdo, una imperceptible voz que, sin ser de mando es de alguien que debiera imponer. Pero la historia o figuras como la de Wangemann, al que imagino llegando con su fonógrafo al despacho del canciller de hierro como un chamarilero, tiene ese pésimo sentido del humor y a veces nos regala el disgusto de descubrir detrás de un personaje de talla marmórea como Bismarck un tono aflautado, oxímoron de la hombría que se supone tras un mostacho de esas proporciones. Porque la comunicación especialmente si consiste en la transmisión de mandatos de guerra introduce el factor del temor y nada de eso hay en esa vocecilla grabada en cera como las tabellas latinas donde los chiquillos escribían una y otra vez sus borrones gramáticos para poder borrarlos llegado el momento. Nadie, ni el tiempo ni el calor se han compadecido de ese cilindro de cera delator que escondía la confesión última. El mejor palimpsesto de Otto resulta ser él mismo.  Hubiera debido depositar algún marco en su alcancía privada para conminar a que el fondo de reptiles actuara preventivamente contra estos errores propagandísticos de primera magnitud.  Un arqueófono de aquellos tiempos parece imaginar el chiquillo de la máscara, ataviado como un combatiente de lucha libre mexicano en esa mezcla de moda y temor que reza el titular.

Son muchos los titulares que sin mencionarlo explícitamente hablan de miedo y nos invitan a convivir con él, porque desde Mazarino es sabido que el control de las masas abre la puerta de la parálisis. Por eso es conveniente que desde pequeños familiaricemos a los chavales con mensajes dicotómicos simplistas que nos permitan entender eso tan complejo que es la acción política. Rojos a un lado, azules a otro. Héroes y villanos convertidos en materia recortable, como más tarde habrán de serlo los derechos de la ciudadanía, con sus piececillos ficticios colgando, pero provistos de pesadas botas, sobre dos cadáveres exhibidos sin pudor por el retratista de la pulsión carnicera del ser humano, Francis Bacon. En sus pesadillas el inglés trata de frotarse los ojos para quitarse de ellos el olor a sangre humana: es inútil, los jemeres rojos, la Stasi, los Bancos Mundiales, se lo ponen muy difícil. Sobre todo, porque hay quien desde la infancia se adiestra en gozar de ese regusto acre de la sangre, pensando en que el toro es siempre otro, para contradecir a Horacio y abominar de todo lo humano. A partir de ahí, sólo queda estigmatizar al diferente, impidiendo que la sexualidad se manifieste, aventando los lobos del pánico para que las llamas del sentido común equiparen comunidad con peligro y futuro con un algo extraño que nos atemoriza y no conviene sacar de esa caja de Pandora. Los dueños del tesoro, se complacen en que Fobos y Deimos pasten en sus tierras telediarias, porque siempre es más sencillo que de ese modo los caballos de la guerra coman los azucarillos de su mano. Al fin y al cabo se trata de ingeniería social, saber encerrarnos en el momento adecuado en un recinto angosto, plagados de incertidumbres, para conseguir nuestra docilidad más entregada y sincera. Mientras el poder se sonríe o se ríe abiertamente a carcajadas, porque da igual a qué altura asciendas, el olor a napalm puede que desaparezca de la faz de la tierra, pero su huella quedará en la memoria de las afrentas. Y los principales artífices de las heridas son quienes se dejaron seducir por aquellas manos feroces que prometían un destino feliz o al menos orientado, donde no hubiera que pensar, y quienes confundieron la comedia con la política que se divierte hipnotizándonos cual bobos frente a recipientes vacíos, vueltos a llenar de palabras huecas. Crece el apoliticismo líquido y Charlot parece decirnos con su gesto… ¡ya os decía yo que una la risa es un arma preciosa para las fieras!; te hacen cómplices de su burla de aquello que nunca debió dejar de ser precioso y mientras, las hienas aprovechan para hincar sus fauces en tu plato y el mío.

Se oye crujir de sables…, deben ser  los pasos de los Freikorps que aún resuenan en las calles de Berlín y su enfado por ese entreguismo al enemigo sigue siendo el mismo de los que ya no calzan sus botas, pero siguen pensando que la verdad, la decencia y la razón forman parte de su uniforme. Aunque no sepan una palabra de vexilología.

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