Luna de miel

Mandíbula acerada y un perfil inapropiado para después de una guerra. Sólo una pregunta ¿bistec o pollo?, pueden conducir al desastre al amor irreal de Sheila y Morris en un entorno idílico, las montañas Catskill. No hay mucho encanto en los pantalones sudados donde se guardan las propinas, pero la apostura de Larry Starker y esa forma de jugar al balonmano, implacable, como el dios de Isaías tiene en jaque a su ayudante. Es él quien observa la veloz huida del vestido azul de la felicidad de la agónica recién casada.

Rumbas, mambos y chachachás en esa locura de congas y timbales acrecientan el vapor del placer en la sala de baile que el sagaz Larry aprovecha para lucir su palmito abriendo los brazos triunfal y convirtiendo en estrella de la pista a la dama que ciñe entre los brazos bajo la tensión de un ritmo mareante; hasta que de sus labios salga un clarividente “¡baila zorra!”.

El ambiente aterradoramente denso en temporada vacacional del complejo turístico, con esas esposas aparcadas a la espera de que llegue el fin de semana, se rompe por la partida feroz que Larry juega con todos sus contrincantes. La voluntad de vencer y su ambición de montar su clínica de Odontología son sus aliados. Entretanto, el calvo Morris en su ofuscación no deja de pedir crepes queriendo quizá humillar al camarero y el atractivo protagonista de batirse con su “escudero”, preparándose tal vez para la batalla final con Murria el Peludo.

Luna de miel.Leonard Michaels.Nórdica, Salamanca, 2011.62 páginas.