Niño mal de casa bien

Begoña habla con José Luis como Menchu lo hacía con Mario y no en cinco horas, sino en 37 capítulos, casi dardos, lanzados contra el que fuera su marido y personaje de la prensa de la “batticuore”. No llegan a cuarenta los calificativos con que cierra este balance al broncas que fue Vilallonga y del que como la autora reconoce no se podría haber enamorado entonces.

Ensarta la escritora y periodista una cuenta tras otra en este libro de reclamaciones donde, muy lejos del tono que empleaba en sus epílogos televisivos, dispara sin tapujos contra el hombre al que tanto quiso. Por eso repasa con él los periódicos y los avatares de la ordinariez santificada socialmente ante la que el aristócrata hubiera contestado con un mohín de asco y diversión, por estar vacunado contra el escándalo. Aranguren y Vilallonga formaban una pareja alérgica a la generación fox terrier, a pesar de la superficialidad de ese hombre con aspecto de balandrista, empeñado en “tener para gastar” y en mostrar interés por “casi todas las mujeres que no fueran la tuya”.

La periodista se confiesa post mortem con quien amó intensamente, a contracorriente, sobreponiéndose a ese mundo deplorable que se reunía en un jardín a lo Gatsby del amigo del Rey caído en desgracia. Junto a esa “inquietante” esposa, como la definía Jaime Peñafiel, descubrimos al agudo observador que era el marqués y conocemos las sombras de sus enfrentamientos con el “encantador de serpientes” y su séquito, además de compartir las reflexiones de tresillo que en su momento hizo la pareja en torno a la improcedencia de ese matrimonio del heredero con la republicana confesa.

Niño mal de casa bien. Begoña Aranguren.Planeta, Barcelona, 2011.313 páginas.

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