La liturgia de la calle

Iba golpeando metódicamente a todos y cada uno de los muchachos. Con los ojos en blanco se sabía inspirado por Dios; el brazo ejecutor de una misión imposible de explicar. Su entrega quizá mereciera una recompensa o tal vez el más agónico de los desprecios. Daba igual. Bajo el casco no oía más que esos cantos abúlicos y un tibio olor a ese líquido denso que es la sangre. Impelido de la fuerza que dan las creencias el antidisturbios se abalanzó sin reflexionar, instigado sólo por la convicción de que un algo más grande que él haría su sacrificio útil.

© Jaberbock

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