Das Fräulein

Tres mujeres, tres historias de desarraigo, dolor y fortaleza contadas por la directora suiza Andrea Štaka

Mila querría volver a un país que ya no existe, aunque ella no lo sepa, Ruža, no quiere volver a ese país, pese a ser consciente de que desapareció y Ana, sabe que no hay ya lugar donde regresar, salvo que ese sitio sea uno mismo. Tres mujeres cargadas con la dinamita acumulada de su pérdida de pertenencia, arropadas entre sí frente al enemigo, el neutral anfitrión suizo que acoge a estas inmigrantes de una Yugoslavia desorientada que buscó refugio en la aparente placidez suiza.

No es casual en la historia que nos cuenta Andrea Štaka en Das Fraülein el rango de edades de sus protagonistas: Mila es la croata, la vieja dama del Adriático, la mujer que no disfruta del presente, ahorrando previsora para costear ese incierto futuro en una casa que ya no es la suya, por mucho que su marido se empeñe en arreglar el tejado. Ruža es la austera propietaria de la cantina, manejando con mano de hierro, tal vez como en algún momento alguien pensó que hiciera la república que la vio nacer, evitando a toda costa sumarse a ese espíritu tan balcánico del placer que se manifiesta en el baile. No quiere dejar atisbos de dulzura, sensibilidad o calor humano; no se lo puede permitir. En su vida de días simétricos sólo hay un dios y es el de la caja registradora. Y queda Ana, la joven bosnia, tanto como su país, herida de muerte, buscando su espacio, sin tiempo para el compromiso y que llega para trastocarlo todo con sus ganas de morir y vivir bailando, atada a sus propias reglas, que son las de estirar el límite de cada cesión que arranca a Ruža. Porque Ruža no es su madre, pero en ocasiones podría serlo, seguramente le vendría bien cuidar de alguien, salir del agujero en el que reina sobre la caja registradora, pero como sus fotos de juventud, sus mimos están a buen recaudo, en la caja de sus emociones.

Son sus ataduras al miedo las que le impiden reaccionar ante una vida que ha construido como dice querer, pero que en realidad es una prisión. Por eso, aunque la evidente figura maternal podría ser la suya, al menos la que actúa como motor de develación es la de Ana, con ese espejo que parece llevar a cuestas y que muestra a cada uno la miseria de su rutina para inmediatamente enseñar la forma de escapar de ese cansancio en que se ha convertido cada día. Lo malo es que una vez emprendido el proceso, queda un velo aún por descorrer, el del destino de la muchacha en permanente huida.

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