Abre bien los ojos: Un paseo por Jajce

Jajce es uno de esos lugares donde la omnipresencia de sus espléndidas cataratas, oscurece la belleza de enclaves ocultos.

Es cierto que las aguas del Pliva dibujan un paisaje en el que es imposible superar a la naturaleza: los 22 metros de altura de caída de las cataratas –las sextas por dimensiones del mundo- golpean con su relajante estruendo al visitante, haciendo estallar el verde frescor esmeralda del cauce que transcurre pacíficamente por la pequeña localidad bosnia. Los ojos se detienen en los viejos molinos, reductos etnográficos con sus techumbres de pizarra, erguidos sobre la corriente como un ejército de casas rebeldes en un paraje lleno de paz, pese a que los Balcanes sigan equivocadamente resonando a guerra.

Puestos a ser uno con la naturaleza el río Urbas, ya en dirección a Banja Luka, ofrece atracciones de rafting en las que atravesar los cañones rodeado de la insultante belleza de las montañas. Pero eso sería dejarse arrastrar como un turista más por el caudal de lo evidente, porque Jajce esconde un pasado en piedra que exige al viajero husmear por sus calles. Basta tan sólo levantar la vista para cruzarse con la ciudadela otomana que rasga el cielo con sus perfiles, aunque para acceder a ella es necesario ascender por caminos poblados de gentes sosegadas a las que aún les sorprende la presencia del curioso. En el trayecto nos topamos con la Mezquita Dizdar, o de las mujeres, en la rocalla de entrada a la fortaleza. Desde la cima el paisaje obliga al silencio que reclaman los cercanos cementerios con sus tumbas “tocadas” al estilo otomano, pero sobre todo por esa calma que transmite la vida detenida del valle. Pero, ¡alto ahí!, porque si ha llegado a lo alto de la loma es porque ha pasado de largo ante la cripta de Hrvoje Vukčić Hrvatinić, un lóbrego y angosto recinto excavado en la roca entre los siglos XIV y XV como residencia póstuma de la familia ducal y donde aún se puede contemplar la rudimentaria iglesia subterránea de las catacumbas. Se da la circunstancia de que no sería usted el único en haber pasado de largo por delante de este monumento nacional de Bosnia y Herzegovina desde 2003, situado a seis metros bajo tierra, pues en tiempos fue escogido por el propio mariscal Tito para refugiarse con sus hombres de confianza del ejército partisano al pie de las murallas de Jajce precisamente porque su presencia pasa desapercibida frente a la imponente torre de la semiderruida iglesia de San Lucas. Ya en modo revival no deje de visitar el Centro AVNOJ (Consejo Antifascista para la Liberación Nacional de Yugoslavia) en el que tuvo lugar la Segunda Sesión del encuentro de quienes en 1943 acordaron crear una federación en los Balcanes cediendo la soberanía de sus repúblicas, vamos el pacto que hizo nacer la extinta Yugoslavia. Allí podrá cuadrarse delante del retrato de Josip Broz y revisar la amplia colección de documentos de la época. Aunque para reverencia, la que merece el templo de Mitra, dios de origen iranio, defensor de una justicia social que en los tiempos que corren comienza a ser casi un vestigio del pasado y que en el relieve que se conserva en el Mithraeum, del siglo IV a. de C., está en su conocida actitud de sacrificar un toro. ¡Como verán nunca la historia antigua estuvo tan cerca de la realidad!