En la laguna más profunda

Caminar hacia atrás, siempre sin perder el rumbo y sin importarte tropezar; es la filosofía de Mamamenchu. No hay ni una palabra diagnóstica, pero sin ponerle nombres todos saben que la abuela va caminando cada vez más pesadamente hacia el fondo de esa laguna de desmemoria. Antes de la inmersión definitiva su nieta Alexandra comparte con ella los lugares mágicos del recuerdo: la piedra junto al riachuelo donde espera al galán con el que baila, el abuelo o el baúl cubierto por el tapete mexicano.

La abuela se siente rejuvenecer y no pierde nunca las ganas de ponerse el vestido más florido del armario, por mucho que tía Esmeralda le reproche su conducta, ni de rebuscar entre sus olvidos el momento aquel en que sonaba un charlestón y fue feliz. Es la constructora de un diccionario de nuevas acepciones que la pequeña va incorporando a esa herencia antes impersonal y ahora dotada de preguntas con nuevas respuestas que exigen otros recorridos como cuando hallaron los jóvenes sepultados en el bosque y sus pies dejaron de hollar las hojas húmedas por el encuentro con los malos espíritus que se alojaban dentro.

La novela de Óscar Collazos nos duele, pero más allá del presagio del destino, hay que ver en ella el elogio de la mujer transgresora, decidida a inyectar ilusión a los trabajadores del circo para que su nieta sepa a qué huelen los leones y descubra los remiendos de la brillante bailarina en la pista. El corazón de la chiquilla como dice Juan Gustavo es una página en blanco, pero lo que en ella escribe es la intensidad de un afecto por el pasado de esa mujer para la que codifica un pasado que no ha vivido a través de las instantáneas.

En la laguna más profunda. Óscar Collazos. Siruela, Madrid, 2011. 167 páginas.

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