Verano y amor

Amor con fecha de caducidad, precisamente por ser de temporada. La pasión tan irlandesa de esta historia recuerda por el paisaje emocional y visual al de aquella película, “La hija de Ryan”, sin las estridencias del odio al extranjero, aunque este Florian sea como aquel teniente un medio italiano llegado a la ciudad. Kilderry se está deshaciendo del pasado: sólo conservará las acuarelas de esos padres que creyeron ver en él alojada la creatividad y algunas postales que contemplar sentado con Jessie, su perra negra como único testigo. Ella es la última atadura a la casa de Shelhanagh como bien entenderá Ellie, esa accidental amiga con la que tropieza en uno de sus paseos en bicicleta. Una relación lenta, de llamas crepitando al calor de la vida pausada y lágrimas vertidas sobre la almohada que al día siguiente no existieron.

La curiosidad de Florian es la que la muchacha salida del orfanato no ha conocido, pese a que tenga muy presente el precedente de la beata Roseline, escapada dejando abandonado el velo sobre la cama. Ellie era feliz con la disciplina de las monjas: nada de bailes, nada de excesos y por eso la aparición del fotógrafo dispara el desorden en su rutina de recoger los huevos, preparar la turba y observar el vallado junto al ajeno y por esos aún viudo Dillahan, su esposo. ¡Menos mal que siempre hay una vecina susurrante como la señora Connulty que, aparte de amargar a su hermano Joseph Paul toma buena nota de lo senderos por los que se están perdiendo la joven!

Verano y amor. William Trevor. Salamandra, Barcelona, 2011. 218 páginas.