Al abrazo del amor y la muerte

Underworld¿Quién no querría verse transformado en tallo de nueva vida tras la muerte? Hugo Bruce lo llama “El árbol de la vida”, pero nuestra mentalidad salvajemente teñida de romanticismo no puede más que observar la parte más tenebrosa del mensaje, esa calavera de la que brota un árbol, sutil, esponjoso, con los tonos rosados del cerezo en una japonería de difícil ubicación en el saloncito de casa.

El Museo Romántico, porque para mí sigue siendo ése el nombre del recinto, exhibe en estos días una muestra sobre el paisajismo del Sturm und Drang, en la que echamos de menos tender el puente a la expresión contemporánea de esa mentalidad que observa la violencia implícita en cada brote, en cada muerte. Bruce podría haber sido un buen romántico o un Hamlet fetichista, porque sus esqueletos frágiles se anudan en abrazos postreros que sin duda envidiaría Espronceda asaltando en sueños el cementerio para desposarse con Teresa, a la que hoy me entero cortejaba cerca de aquí, en la calle Santa Isabel. Claro que la muerte no nos separará, por eso llevamos tantos lutos a cuestas, los de los vivos y los de los que ya no nos acompañan y eso sin necesidad de coleccionar los recuerdos de quien desapareció. Por mucho que veas la negrura de la pérdida en Bruce, ese tono lúdico, ese acento esperanzado que percibimos en el corazón floreciente -bien pudo ser el de Shelley, sembrando de más poesía la tierra- se impone como ése otro riente de Charles Bukowski, vencedor de las tribulaciones que a veces nos conducen a morir en vida. No se escandalice por tanto el visitante al detenerse ante un Crucificado que se escapa a su propia desaparición a través de las yemas verdes de sus huesos, pues no hay aquí ninguna de esas admoniciones eclesiales de justo castigo, ni tránsito al Paraíso. Todo lo que eres está en ti y tu propia resurrección nace de ti mismo.

Quizá me hubiera llevado a casa si la contención no me hubiera podido en Espacio Valverde ese “Underworld”, porque en esa urna se invierten las convenciones: tan vivo está el plano superior como su reflejo moribundo y de la observación de ese juego debemos entender que nuestra salvación la llevamos a cuestas en nuestro fuero interno. El yo subterráneo que te acomete en momentos de dolor contiene la necesaria fortaleza para arrancarte de las profundidades, sólo tienes que dejar aflorar tus raíces. Lo que no sé es dónde habría dispuesto semejante reliquia; las miradas de los atemorizados por el tenebrismo como yo misma, herederos de una tradición andaluza de pavor al féretro, y los que vieran en las calaveritas el perfecto retrato de sus actuales vidas no soportarían el constante recuerdo. ¡Y qué decir de los amigos ecologistas intrigados en esa parábola perversa de guillotinas castradoras!

Mejor buscarse refugio a la sombra de esa encina mínima que el huesudo cadáver disfruta con una sonrisa, consciente de que la isla sólo flota si le insuflas el viento de tu espíritu.

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