“¡Qué será de mí cuando me faltes!”, dice la prensa a Víctor

Sin título Presentación de las “Auténticas entrevistas falsas de Víctor Márquez Reviriego”

Víctor Márquez Reviriego tiene el aspecto de un notario que libreta en mano fuera anotando parsimonioso los avatares de lo sucedido para que el relato atienda a todos los pormenores sin faltar ninguno. O de uno de esos jueces que son llamados en caso de luctuoso incidente para levantar el cadáver, porque de su extremada meticulosidad se espera el retrato fidedigno de los sucesos. Pero quizá su conocimiento del ser humano proviene sencillamente de la observación del alma sometida al vapuleo, me explico, de la contemplación de las veladas de lucha libre americana a las que asistió de joven en Sevilla y en las que ya sabía distinguir quiénes se caneaban de veras y quiénes lo hacían de farol.

 

La finta del autor en este libro consiste en enmendarle la plana a la tecnología y anticiparse a una futurible resurrección de los muertos, ahora que tenemos reciente Halloween, porque la reproducción que hace Víctor Márquez Reviriego del habla, los acentos, las maneras y las formas de sus entrevistados parecería más bien fruto de una ucronía que en el Tenorio ya intentó Zorrilla invitando al lúgubre convite a ese Comendador de Calatrava. Este defensor de la República Central Ibérica va más allá y sienta al lector a la mesa de finados ilustres para que compartan en estas auténticas entrevistas falsas el placer de una conversación que nunca existió. Salvo que atendamos a la explicación spinozista que el propio Víctor Márquez Reviriego dio a los asistentes al acto de presentación de su libro celebrado en el Ateneo de Madrid al retomar la reflexión del holandés medio hispano quien consideró que desde la verdad física algo es verdadero cuando hay una adecuación de la idea al objeto, apunte que Márquez Reviriego aprovechó para cuestionar a sus interlocutores “falsos”, que habían catalogado de verdaderas las entrevistas por acomodarse cual mano enguantada al personaje. Dejando atrás el trabalenguas, habría que hacer relación de los “falsarios” que acompañaron al escritor. Bajo una luz que remite a otra época el público no pudo más que estar de acuerdo con Isabelo Herreros, vicepresidente del Ateneo de Madrid cuando aseguró que “Víctor encajaría mejor –sin ánimo peyorativo- en aquellas redacciones del pasado siglo en las que uno se podía encontrar a Manuel Ciges Aparicio, Roberto Castrovido, Alfredo Cabanillas, Julián Zugazagoitia, Julio Camba, Carmen de Burgos, Manuel Chaves Nogales, o al injustamente olvidado Antonio Zozaya…, grandes periodistas y escritores”, si bien quiso recordar el tancredismo –léanse sus sólidas convicciones- del onubense a caballo entre el “socialismo templado de la moderación de Prieto y el republicanismo de Azaña” y que con el paso del tiempo ha hecho de Víctor “una suerte de testigo incómodo para algunos”, sentados en los años de la Transición en mesas de redacción, conspiración y andanzas mucho más a la izquierda que las que ocupan la mayoría a día de hoy en la Cope, Intereconomía, LaRazón, La Gaceta.

Pero sigamos con los comensales, o mejor dicho con el anfitrión, Alejandro Sanz, en representación de la Sección de Literatura del Ateneo, centro histórico donde igualmente se aprecian fenómenos que rozan lo sobrenatural, pues al decir de Sanz “quienes lo frecuentamos en horas silenciosas tenemos la sensación de ser fantasmalmente observados por tantos retratos ilustres de fallecidos”. Ya metido el canguelo entre el público, Alejandro Sanz ilustró a la concurrencia con un término de los que apuntarse en el bloc de notas, idolopeya, que el diccionario explica como la figura consistente en poner voz a un muerto, muy recurrente en los programas de corazón, aficionados a la reanimación postmortem de personajes como Encarna Sánchez. En intimidades y honduras entra también Víctor Márquez Reviriego en sus retratos a la pluma de muertos ilustres, dotando a sus espectros de verosimilitud tal que da la impresión de que “la entrevista sólo fuera un pretexto para el reencuentro después de años o siglos”, donde concede a los redivivos la posibilidad de un último alegato.

El de Borja Martínez fue casi mediúmico, pues los asistentes vieron en él no sólo la voz de José Luis Gutiérrez, promotor de la edición de estas “Auténticas entrevistas falsas”, sino la de un perfecto albacea que instó a Víctor a no dilatar más la redacción de unas memorias “necesarias”. El coordinador editorial de LEER nos hizo partícipes de la emoción en la lectura de la entrevista falsa a propósito del 50 aniversario de “Tiempo de silencio”, por esa vibrante recreación de la sintaxis sincopada de Luis Martín-Santos”, que evidencia que “Víctor sabe mucho y muchas cosas” y por eso “estas entrevistas falsas le permiten cumplir con brillantez sin que le tiemble la pluma el reto de hacer hablar a gente muy importante”.

(Con esas palabras seguramente referiría una de las espectadoras al llegar a casa quién fue el último convidado, José Bono, toda vez que al percatarse de la presencia de la que fuera ministra Carmen Alborch se giró para confirmar que sus sentidos no la engañaban. Parecía que no, pero ha sido una tarde bien empleada…)

El expresidente del Congreso de grandes ojos acuosos distinguió la imaginación de Víctor Márquez Reviriego de la tiernista (de Tierno Galván), “fórmula arriesgada con la que penetras en lo verdadero, en lo que es verosímil, en lo directamente inventado que se corresponde con la realidad, para que en ningún momento podamos perder de vista al personaje. Esa fórmula exige una cultura universal que tienes en abundancia, aunque tu humildad te prohíba hacer ostentación”. El enigmático Víctor no pudo más que en ese momento esbozar una plácida sonrisa de Giocondo  antes de que Bono continuase en la apología del olfato periodístico que muestran entrevistas más verdaderas que las falsas muchas veces precocinadas que se publican y de que repitiese en voz alta –quizá para aprenderlo- uno de los muchos vocablos, refitolero, con el que Víctor califica en la entrevista de Azaña el oscuro parlamento de don Niceto Alcalá Zamora.

Y quedaba el autor, que como Sócrates esperó al último turno para hacer apología de sí mismo o todo lo contrario, porque de sus palabras podríamos quedarnos con la idea de que es feo, viejo, que fue sublimado de muchas de las redacciones en las que trabajó y que no pudo llegar a catedrático de Historia de las Ideas… Pero ése es Víctor Márquez Reviriego, la humildad del oficio, quizá porque “su huerto alcarreño le tiene atado al suelo” como dijo Borja; la mordacidad al hacer memoria de la fraternal y cristina relación entre el cardenal Tarancón y el primado de España y el esfuerzo del documentalista que “si tuviera que cobrar por horas como una asistenta, arruinaba la revista”. Un augur que ya ha eviscerado el ave de la prensa española y que nos ha sabido pronosticar sin temor a equivocarse que el presentismo “un entendimiento de la realidad, desnuda, cruda y del día a día, o sea una actualidad que no tiene en cuenta el pasado, que es de donde procede la actualidad ni el futuro que es donde la actualidad como una flecha se dirige” será la tumba de la ruina mediática.

(Quedan muchos detalles que no les contamos; algunos que harían las delicias de los seguidores de Reviriego que estarán saliendo en tropel para rebuscar por los pasillos del Ateneo algún cabello de aquellos pelados suyos de antaño y que por supuesto podrán responder sin titubeos cuáles son los motivos del borbonismo de las acacias de bola).

*Si yo quisiera haber hecho esta crónica más atractiva habría comenzado por mencionar a los muertos vivientes que pululan por las páginas de un libro, pero creo que Víctor Márquez Reviriego lo habría interpretado con acierto como un molesto reclamo para atraer a los tontos que define en su entrevista a Víctor Hugo y ninguno de los lectores de LEER responde a ese perfil.

 

 Alicia González

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