Teatro

Sus personajes marcan un estilo recitativo, hosco, poético, muchas veces tan inconexo como esa sociedad que no habla ni se comunica. Son figuras de identidades perdidas, seres que saben quienes son hasta que la realidad aporta al espectador nuevos datos de esa falsedad, del desdoblamiento que ocultan sus circunstancias. Por eso nada es blanco en esa habitación impoluta, la de las confusiones, pero en la que se refugian, porque Grass y Budge prefieren no saber lo que les espera ahí fuera. En su espacio de aislamiento mantienen una fría certeza de esperanza configurada en ese hilo telefónico que, al finalizar la trama se carga de temor, de desasosiego, por si al otro lado hay más nada. La consecuencia inmediata es proseguir en esa microsociedad de fingida paz que es el centro hospitalario, adaptándose a una porción controlada de ciudadanos, incluso a las fantasías de los que no terminamos de saber si son profesionales de la medicina, alucinados suplantadores de los negligentes sanitarios o actores conjurados ensayando la verosimilitud de su representación, mientras la señora de la limpieza destapa la pringosa verdad del ser humano contada a través de sus restos más escatológicamente humanos.

Pero el psiquiátrico no está sólo delimitado por las paredes de un centro, ni la escenificación pertenece solamente a las instituciones de reclusión: los medios de comunicación deforman tanto o más y quizá el autor se siente tentado de hacer una  entrevista, ácida y cruel al ganador, en lugar de acariciarle con preguntas lánguidas. Eso en “El arrebato del deportista en su asunción al cielo”, aunque en “Valparaíso” va más allá: en esta pieza Michael Majeski se entrega a la audiencia en una sangrante repetición de esa huida y pérdida vividas mediante la anécdota de ese billete que no lleva donde pensaba. El protagonista del reality ha querido ser otro, aprendiendo tal vez castellano, sin embargo, la acusación de quienes llevan el interrogatorio no admite cambios en el rumbo; su vida ha de ser la que se espera, con el agravio de la pública redención ante las cámaras, pues como él mismo dice: “estoy empezando a creer que la gente necesita mi historia”. Personajes anónimos en la nocturnidad de sus biografías “delictivas” que se muestran como son en el plató de televisión. Una verdad mediática mucho más real que la que se comparte en toda una relación superviviente de sus silencios y pausas en “El misterio en mitad de la vida ordinaria”. Y concluye con la “Sangre de amor engañado”, en la que esa incomunicación familiar se multiplica en las mujeres en la trayectoria de Álex. Con él vemos la siniestra sombra del observar el dolor, la tensión del espectador máximo, el que contempla la muerte y tiene que tomar partido ante la lenta secuencia con que se despide el largometraje de un hombre salvado por las mujeres, vía de autoconocimiento y reflejo del tiempo que no se detuvo y ahora transcurre tan despacio como para notarlo respirar.

Teatro.Don DeLillo.Seix Barral, Barcelona, 2011.349 páginas.

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