Un jardín de sueño o pesadilla: Bomarzo

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A una hora y media, más o menos de Roma y muy cerca de la localidad de Viterbo, que sin duda merece otro paseo, llegar a Bomarzo exige al turista confianza en que lo que va a ver merece la pena. Y desde luego al cruzar el umbral del recinto uno descubre uno de esos jardines por los que ha pasado el tiempo, lo que aporta a la caminata un encanto adicional. Pero aún hay más, porque entre los arbustos el viajero ve aparecer el cuerpo fornido en piedra del semidiós griego Heracles, sujetando boca-abajo a una derrotada Caca. Un poco más allá, una descomunal tortuga y casi dispuestas a mordernos las fauces de un ser marino en la cascada del arroyo que da frescura al entorno. Bomarzo es lo que promete, horror, pero también sorpresa. El estrambótico parque manierista concebido por el duque de Orsini es todo un capricho, una colección de encuentros a la vuelta de la esquina.

Al penetrar en los recorridos del “Bosque de los monstruos”, el viajero tropieza con una esfinge, figura femenina alada, cargada esta vez de un enigma casi para cada escultura: el dragón, el imponente Neptuno, una sensual mujer desperezándose, etc., entre laberínticos jardines, teatros, templetes y fantasmagóricos salones en piedra, listos para que desciendan por sus escaleras los invitados. Divertimentos del duque, quizá para cautivar a sus huéspedes, jugando con ellos, en los caminos serpenteantes que se cruzan y de donde surgen seres descabellados como ese elefante sometiendo a un soldado con su trompa. ¡No deje de estar alerta, porque quizá de esa pared en la que se apoyó para hacer un alto en el camino brote un rostro horrendo que le haga seguir presuroso su ruta!

Porque en Bomarzo la cordura y el sentido del equilibrio se pierden, sobre todo  en cuanto vemos el suelo inclinarse bajo nuestros pies en esa casa imposible donde puede leerse la siguiente inscripción “para que el alma gane prudencia hay que buscar tranquilidad”, burlándose a la vez de quien haga caso a la invitación, advirtiéndole de inmediato: “intenta tranquilizarte en esta morada, entra, ¡a ver si encuentras la paz!”.

Todo nos empuja al clásico “Carpe diem”, aunque sean otros los lemas que puede leer sobre las paredes de roca: “Come, juega, bebe”, “Conócete a ti mismo”, “El silencio domina los astros”, “Desprecia las cosas terrenales”, “Después de la muerte ninguna felicidad, después de la muerte verdadera vulgaridad” y quizá la más inquietante, “Cualquier pensamiento vuela” que rodea la boca horrenda del ogro, atrayéndonos hipnóticamente a su interior, pese a que sepamos que nos estamos internando en la gruta de acceso al infierno. Uno no deja de pensar que tal vez un día el monstruo se canse de bostezar o gritar y cierre de golpe su boca, condenando para siempre a quien se atrevió a retarle.

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