Atenazadas por el miedo a no consumir y a ser consumidas

Las mujeres de Ana Marcos se resisten a ser cosificadas, porque han entendido que los objetos son aquellas piezas que las identifican, pero en ese antojo perpetuo han perdido el adentro. Son mujeres adscritas al partido político de un centro comercial que no admite reclamaciones postventa y que agradece su clientelismo con el atrezzo de una huida: bolsas de papel o plástico en las que almacenar identidades difuntas, insaciables agujeros donde escapar del vacío que las aqueja.

Todo lo que pueden portar cabe en esas bolsas, metáforas de la desolación mercantilista que les ofrece el entorno deportivo del shopping constante. Allá donde no caben los deseos, el hogar, quedan las frustraciones, mientras en ese biotopo estilizado y creado ex professo para esa costumbre del ir de tiendas tan femenina, brota el espacio ideal del deseo.

Para la palentina esos lugares son los de la negritud y la asfixia –alguna de sus piezas incluye una especie de cadena de pulsera adherida a la bolsa-, porque esos barrotes de la domesticación siguen al lado de cada mujer, junto a ese bodegón con sus flores preferidas, para que víctimas de todo un lirismo aprendido, contienen la frustración de permanecer en ese blanco y negro de antaño, universos sin fisuras no aptos para mujeres completas.

Las imágenes apenas esbozadas de las pocas figuras que hieren sus obras recuerdan a las marionetas del teatro negro de Praga o a sombras chinescas atrapadas en un marco de ventana, símbolo de esa reclusión doméstica en la que no hay más opción que a la construcción de un mundo poblado de abalorios que, con la brisa, mitiguen las ganas de gritar de esa mujer. Porque ese traje de novia es eso, el chillido, los golpes, la ira sobre madera de quien se sabe adormecida por las convenciones sociales y que intenta arrancarse a mordiscos los ropajes de su igualamiento. Todas somos una en ese disfraz y todas reconocemos en lo que resulta casi un engrudo, los despojos de una pelea interior, de las insignias que alguien nos enseñó a coleccionar, pero que ya no sirven como moneda de cambio.

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