Bálticos y otros poemas

Bálticos  “La mano de la orquídea que sale de la tierra” y la minúscula existencia de una hoja girando o ese portazo lejano desvelan al lector, mientras en tierra de murciélagos anidan en apretado hato las hazañas. La cultura desfallece cual ballena en Nantucket frente a un albatros baudelairiano agónico. Transtörmer salva visionario el cadáver, barco varado en el limo de la superstición donde casas vigilantes empollan cimientos entre el olor a papeles quemados de bosque.

Una naturaleza amenazante ante lo móvil detenido y un sol que aporrea con sus octavillas: la mansedumbre desaparecida de los bueyes en la densidad del silencio donde el autor horada la tierra nos sobrecoge, por la osadía de un universo de vocales aéreas y consonantes enraizadas en la nieve.

Recuerdos florecidos en el olvido de un periódico descompuesto bajo la desmemoria del sol y la lluvia, envejeciendo delante el observador lateral de la belleza, flotando en la oscuridad, abandonado por la sociedad que enciende sus luminarias para saludar el triunfo de Grieg con la conciencia de cómo “nosotros. Huesos de los Muertos, luchamos para llegar a vivir”. El crucificado se resiste a esa violencia momentáneamente irreal, sin saber adónde mirar por ese campo visual equino, tan de poeta. Tomas Transtörmer nos encara contra nuestras chabolas y bóvedas interiores y la guerra de la gravedad en su rutinario sucederse, quebrando con el pie las gafas inexistentes de santos desvalidos y al compás del cochecito que estremece su recuerdo, a merced de las mareas. Solidario en su desorientación entre estridentes bicicletas, y poseído de la soledad invasiva que nos hace prescindibles para la eternidad afásica, en un poemario de oleajes, algas y madera acurrucada.

Bálticos y otros poemas. Tomas Tranströmer. Visor. Madrid, 2012. 200 páginas.

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