“La vida iba en serio”, el libro que no esperaban de Jorge Javier Vázquez

la-vida-iba-en-serio  Después de haber sido durante años la oreja perfecta, el receptáculo de las confesiones más viscerales y guardar silencio Jorge Javier Vázquez se desata en una novela que ya va por la cuarta edición donde retrata las almas resignadas de su barrio de San Roque, los miedos del sexo en tiempos oscuros y esa “Nubosidad variable” de su infancia que destierra en un Madrid que paseaba a la luz del día. Una Sibila del famoseo, entrenada en una infancia donde devoraba Lecturas como un feligrés los capiteles románicos.

 

Alicia González

¿Se podría catalogar de crónica, autobiografía o historia novelada?

Bueno, tiene mucho de mi vida y tiene muchos momentos y sensaciones que yo he vivido, pero también es verdad que hay partes en las que me he nutrido de mis amigos para escribirlo.

Y también es una historia con muchas adherencias cinematográficas y literarias, como tu experiencia como reponedor, casi al modo de Jack Lemmon en Irma la Dulce o esa primera película, “La ley del deseo” que te aporta una filosofía muy distinta a esa de posguerra que vivías…

Sí, fíjate que luego ese capítulo es se lo pasé a leer a mis amigos de mi generación que no habían pasado por una historia común a la mía y es que me di cuenta de que para nosotros esa película fue algo fundamental, fue descubrir que había hombres que amaban a otros hombres y que podían tener elección por otro hombre. Eso que yo lo veía como una cosa totalmente oscura gracias a esa película comprobé que había gente a la que le pasaba lo mismo que yo. No fue una liberación –todavía nos quedaba un camino muy largo por recorrer, o al menos a mí que me pilló muy joven esa película-, pero era, no sé, como si te sintieras muy cerca de esos personajes y esa cosa de que te gustaría ser uno de esos personajes.

Relatas una vivencia muy compartida desde que llegas a Madrid. Hablas, por ejemplo, de cómo para Marisol y Antonio eres el Raulito de “Garras de astracán”.

Sí, sí, eso me lo dijeron paseando por Petra, Jordania y yo me apunté a ese viaje no sabiendo muy bien ni lo que era Jordania, ni lo que era Petra. Yo estaba viviendo en Badalona, trabajaba de reponedor mientras estaba en la facultad y vi un cartel de esas agencias. Y Marisol me ve como Raulito. Yo vivía en Badalona, en un barrio de la periferia y para mí, llegar a visitar a esos amigos que vivían en la calle Hortaleza, con lo que era la calle Hortaleza en aquella época: Cueca pasaba de ser un sitio de yonquis y camellos a convertirse en un barrio en el que los gays campaban ya a sus anchas, no un barrio donde había bares de ambientes sórdidos, estaban empezando a aparecer los primeros comercios y había vida a la luz del día.

No sé si es invención, pero esa primera discoteca a la que vas en Madrid se llama Refugio, que es lo que significa la ciudad en tu vida…

La discoteca existía, estaba al lado del teatro Fígaro. Es que en aquella época todo tenía una connotación como furtiva –acabo de caer en cómo se llamaba, que no había caído en la importancia de ese nombre-. Pues sí, todos los nombres de las discotecas eran como furtivos, de atardeceres. Para mí Madrid fue la liberación –yo venía de Barcelona y mucha gente dirá, ¿cómo estando en Barcelona…?-, porque Barcelona para mí fue un elemento complicado, porque mi familia vivía allí, mis amigos también y ellos podrían descubrir allí la vida que yo llevaba. Para otra gente ha sido una liberación Barcelona.

Era salir del entorno asfixiante en el que te movías.

Claro, incluso siendo Barcelona una ciudad grande.

Hablas de un Madrid desaparecido, de cafés, casi galdosiano y más acogedor para hacer esa salida del armario emocional…

Esa salida fue importante, pero también yo recuerdo, me pongo muchas a veces a pensar cómo era aquel Madrid cuando yo llegué a un piso de la calle Escalinata. El centro no era como está ahora que está muy cuidado, con calles peatonales, no, el centro era muy caótico, pero incluso dentro de ese caos uno se sentía muy protegido…

Una Escalinata por la que ascendiste socialmente cuando cada día bajas la de tu programa…

Al llegar a Madrid he vivido en un montón de sitios, he compartido piso, he vivido en una habitación, he vivido sólo, en un piso del barrio de Salamanca, pero después volví otra vez al centro, a la calle Bordadores, porque para mí Madrid es el centro. Más allá de la Cibeles lo frecuento muy poco; para mí Madrid es el cogollo y me parece una de las mejores ciudades para vivir. Fíjate que yo siendo de Barcelona y con todo el jaleo que hay ahora para mí Madrid es una ciudad que tiene tintes mágicos como cuento en el libro. Barcelona también es preciosa y me gusta mucho y he sido muy feliz, pero para mí pasear por la plaza del Alamillo o la de la Paja…

Quizá porque igual que buscabas en los libros de Lorca de tu tía Carmen esa complicidad, tal vez la encontraras en Madrid.

Yo que fui alumno de Filología Hispánica me cuesta mucho leer literatura que no sea española, tengo ese defecto, me gusta por encima de todo. Y hay una época que me gustó muchísimo que es la de la posguerra y pasear por esos sitios, pensando en las novelas de Carmen Martín Gaite, para mí fue una época preciosa, de verdad. Yo ahora tengo 42 años, no sé si a la gente joven que viene a Madrid les pasa lo mismo, porque ahora ya en muchas ciudades de España se pueden hacer muchas cosas, pero antes veníamos a Madrid siempre en busca de algo: aquí estaban todas las televisiones, todas las redacciones de todas las radios, de todos los periódicos, lo importante estaba aquí. Madrid en aquella época, hace veinte años, era una ciudad en ebullición o al menos yo eso no lo notaba en Barcelona y notaba que me tenía que ir de allí.

Hablas de “Nubosidad variable” y es ése el tono del libro con pasajes luminosos como cuando tu madre y tú os imponéis a tu padre comiendo pipas tras triunfar como Porcia en una función del colegio y otros más oscuros cuando hablas de tu descubrimiento de la soledad en el sexo…

Yo sé que el libro ha sido muy duro para mi madre y además le costó decírmelo y que había llorado muchísimo, pero para mí poder contar eso en un libro ha significado que todo eso ya no es duro para mí, que todo eso ya ha desaparecido, que lo que antes era soledad ahora lo vivo de otra manera. No creo que se pueda dar gracias por pasarlo mal, pero hay que buscar el lado positivo y que los momentos de felicidad que vives ahora son mucho más importantes y más elaborados.

El trauma de tu padre con Mercadé era fruto de otros tiempos, porque no deseaba esa vida difícil para ti que había visto en el amigo…

Yo creo que mi padre no quería saber, porque no se podía imaginar que su hijo fuera infeliz, eso no se le pasaba por la cabeza. Yo era una persona muy importante para mi padre, porque soy el menor de tres hermanos, tengo dos hermanas mayores y ellas no cumplieron ninguna el deseo de mi padre de que fueran a la facultad. A mí me decía, “éste no se me escapa”…

¿Has podido releer el libro después de acabado?

No he podido, de verdad, ni puedo, ni quiero. Yo creo que necesito tiempo para releerlo, ahora quiero reposarlo. La gente que lo ha leído me está diciendo que ha llorado mucho y a mí me gusta, pero para mí ese llanto que pasé escribiéndole fue muy agradable, porque no era un dolor tremendo, sino como balsámico.

Sí hay una fuerte oposición entre el dibujo de tu padre y tu madre, con el calor de butano de ella y el padre violento, avergonzado, sin aplomo…

Yo no he sido un chico muy malo. De pequeño hacía trastadas como tirar dinero por la ventana o una vez que vinimos del pueblo de mi madre, de Albacete, veníamos cargados de sacos de avellanas y me puse a tirarlos por la ventana y se armó un remolino abajo en la calle… Mi madre me dio unos azotes tremendos, pero no he sido muy de hacer trastadas ni muy golfo, he sido muy tranquilo y para mí la felicidad tenía que ver mucho con estar con mi madre –¡sin hacer nada, eh!-, viendo la televisión, comiendo pipas, leyendo, pero la presencia de mi padre siempre imponía un punto de autoridad y de poca espontaneidad.

Sin embargo, cuando estás en el centro del Opus lo que admiras de ese Clint Eastwood de la Obra es su autoridad y que te aportaran orden…

Yo creo que por mis inseguridades y por mis miedos te tendido siempre a buscar a un hombre como salvador, estos hombres que no te hacen pensar y que te resuelven la vida y que te la hacen más agradable y te dicen tranquila yo pienso por ti, o tranquila…

Es curioso que vieran un soldado del Opus cuando lo tuyo era más de Village People. ¿No vieron en ningún momento que no encajabas?

Yo estuve a punto de ser del Opus Dei y mi paso por él en aquella época fue agradable porque yo encontré un sitio, un sitio donde estaba cómodo, donde socialmente estaba cómodo, podíamos decir, porque yo creo que hay una época en la vida de cada uno, por ejemplo, la adolescencia en que si tú estás en el grupo social en que quieres estar, estás muy cómodo, pero si no es así por las circunstancias que sean produce mucho desequilibrio y yo ahí estaba cómodo, me encontraba tranquilo. Daba mucha tranquilidad saber que ibas a ir al cielo, que ibas a tener un trabajo estable…

Cuando descubres a tus padres bailando el Tico-Tico te alejas de tu padre cuando él se intenta aproximar. ¿Llegaste a darle un abrazo chillao?

Con mi padre antes de su fallecimiento –él ya estaba mal, el tumor le estaba afectando muchísimo- todavía pude mantener una conversación seria, los dos metidos en la cama y además la recuerdo con muchísimo cariño esa conversación en la que los dos hablábamos muy bajito. Y entonces yo le decía a él, “yo te quiero agradecer todo lo que has hecho por nosotros, te quiero muchísimo”. Él estaba enfermo y tampoco me veía…, ¿para qué le iba a contar toda mi vida?

Hay momentos de posible acercamiento que se convierten en distancia…

Yo creo que, probablemente él quiso acercarse pero yo no le dejé.

Y entre las herencias de tu madre está el oficio de zurcidora, porque ahora estás ejerciéndolo en “Hay una cosa que te quiero decir”…

El otro día tuve una entrevista con Arús hablando de la aparición de mi vecina Mercedes, la del octavo segunda: ella todas las noches llamaba a mi casa, todas las noches, y preguntaba “¿Está Jorge despierto?” y si estaba despierto se iba a su casa y si no se metía en la mía y podía estar hasta las dos de la mañana perfectamente contándonos su vida y para mí era un entretenimiento, no me asombraba de nada. Yo de repente escuchaba, el cabrón, hijo de puta, la querida (sonríe), pero no me asombraba y he estado escuchando toda mi vida historias de amores y desamores, de decepciones o desilusiones, de luchas…

Ese haber contemplado la narración de tu vecina te ha generado esa adicción a no estar solo que reflejas cuando dices que transitabas por estercoleros de sexo sin luz…

Ayer estaba en Telecinco y se me acercó un psiquiatra que colabora en un programa de televisión de la casa y me dijo, “el otro día estaba viéndote y dijiste una cosa que le está sucediendo a muchísima gente, utilizar el sexo como forma de compañía”. Para mí el sexo antes era en esos momentos de soledad en que yo no encontraba a nadie como yo, salir una noche y poder estar íntimamente con otra persona, con otro hombre era como poder pasar con alguien horas de conversación, porque al no tener amigos ese momento de cama se convertía en un momento de tranquilidad y de bajar la guardia y te mostrabas tal y como eras de la forma más íntima.

En el momento profesional en el que estás se nota cierta desilusión por haber perdido ese vuelo poético al haber conseguido estabilizar tu vida sentimental y económica, pero haber apartado ese sueño, aunque quizá con esta novela lo recuperes…

No sé qué va a pasar a partir de ahora. La televisión es un reflejo de lo que sucede en la realidad también: estamos haciendo una televisión con escasos, pero porque no hay medios y esta televisión tendríamos que dejar un tiempo para valorarla. Es una televisión en la que se habla también de los grandes temas, el amor, el desamor, el adulterio, la infidelidad, la muerte, la vida, al final estamos haciendo una televisión de emociones y una televisión que sirve mucho de acompañamiento y que, probablemente cuando finalice esta crisis esta televisión no tendrá tanta razón de ser, pero es que yo creo que en este momento no se puede hacer otra.

Y no te ves en el papel de malo cuando en los corrillos de periodistas decías “éste no es nadie”…

El otro día en Planeta estaba haciendo unas entrevistas y vino un compañero y me dio recuerdos de un compañero fotógrafo que decía que les ayudabas mucho cuando decías, “a éste sí, a éste no” en los photocalls… No era maldad, era decir simplemente avisar, porque antes ibas a los sitios y había un montón de personajes y no podías estar perdiendo el tiempo con alguien que no tuviera nada que contar.

Parecías una Sibila de Cumas en el quién es quién que montabas porque de pequeño leías Lecturas como los feligreses los capiteles románicos…

Claro es que yo me leía los textos y me los leía de cabo a rabo y conocíamos la vida de todos ellos. Ahora, por ejemplo, me cuesta mucho conocer el star-system actual juvenil, pero los de media edad para arriba controlo todo su pasado.

El usar múltiples firmas era para que no apareciera tu nombre constantemente como redactor o tu particular homenaje a los heterónimos de Pessoa…

Claro, es que si no se veía que éramos cuatro. Era para hacer un poco más internacional la revista (bromea).

¿Y a lo largo de este tiempo te has tenido que dar muchos martillazos en las rodillas para matar el aburrimiento?

Pues, últimamente no porque estoy bastante escaso de tiempo, pero lo aprovecho, pero ahora con la promoción no hay tiempo y no puedes hacer nada, así que no pretendas hacer algo o quedar con alguien porque no tienes tiempo, pero me gusta porque está siendo muy agradable.

Espero que también esta entrevista…

Sí, claro. Estoy teniendo mucha suerte, porque la mayoría de la gente que me está entrevistando estoy notando que se ha leído el libro. No está siendo horroroso y te da para pensar, incluso en bobadas como lo del nombre de Refugio. Te ves obligado a pensar en cosas que no caías y está siendo algo muy bonito.

Tu aprendizaje de cronista farandulero en el barrio lo aplicas a tu trabajo, leyendo las crónicas de Carmen Rigalt, la cara B y no sé si Sálvame es la cara zeta. Tu madre hacía una especie de ganchos cuando salías Lecturas avanzando los contenidos…

Sí, los jueves era mortal, porque mi madre las compraba antes y nos daba mucha rabia que nos las contara y la frase era “¡No cuentes nada!”, pero la verdad, era inevitable porque se la había ya leído. La verdad es que Lecturas nos daba para mucho a todos.

¿Te ha servido aprender el punto redondo para zanjar esos debates televisivos tan duros?

(Se ríe). ¡Ay, no me preguntes eso, porque habrá cosas que no se ajusten a la realidad! Ya te digo que hay cosas que me han contado mis amigos. No quiero entrar mucho en lo que es verdad y lo que no…, con el tiempo.

Y las almas resignadas de San Roque, Titus como forma de ascenso social…

Es que me vas a obligar y no… Pero vamos, me parece muy bien que la gente no sepa muy bien qué es lo que es verdad y qué es mentira, porque me da la impresión de que está bien armado, que no se ve como un pegote.

Hablas de que Dios unifica a la escoria hablando de tu barrio de la infancia. ¿Es tu gran conquista haber salido de allí?

No, eso era más mi padre; para mi padre eran sus obsesiones, que yo fuera a la facultad a hacer una carrera técnica y salir del barrio. Murió en el piso del octavo tercera. Para mí no lo era, de verdad que no lo era. Cuando mi madre se iba y cogía el autobús para ir al centro de Badalona decía me voy a Badalona y para nosotros San Roque no era Badalona, era algo aparte que no tenía nada que ver con la ciudad, porque era un universo distinto.

Ese universo de tribu lo has llevado al programa, porque hablas de la naturalidad de las peleas…

Es que hay cosas que a mí no me asombran. Yo he convivido con situaciones duras desde que era pequeño y a mí me asombra que haya gente que se asombre de que en un programa discuta la gente. ¿Pues cómo no van a discutir si están mucho tiempo juntos! Todo el mundo discute con sus compañeros de trabajo, todo el mundo tiene movidas, lo que pasa es que no son televisadas.

Y los improperios de esa monja pidiendo tu salvación dieron título al programa

Ay, sí, mi madre lo pasaba muy mal porque mi vecina del octavo segunda se encargaba de enseñarme lo peor del vocabulario y yo claro lo oba soltando con una naturalidad pasmosa. El título del programa parece que al final todo en mi vida tenga un punto metafórico, la verdad, porque a mí me ha servido para saber que alguna gente le podía gustar mi manera de presentar.

Y respecto al gran gancho del libro, el contagio del sida por ese contacto telefónico con Frank te provoca un insomnio de siete años…

Yo he tenido dos puntos en la vida con respecto al tema del sida, un auténtico pavor a hacerme las pruebas, pero auténtico pavor. Pasé muchísimos años de mi vida sin poder hacérmelas, porque me producía horror que me dijeran que sí, que daba positivo, porque eso significaba tener que enfrentarme a mis padres, contarles mi vida, saber que me iba a morir; en aquella época cuando aparecía algún enfermo moribundo era terrible, porque el tratamiento que se le dio a la enfermedad fue horroroso y eso me provocaba muchísimo miedo. Y ya llega un momento en que conoces que los tratamientos ya han avanzado y puedes llegar a vivir, porque se ha convertido en una enfermedad crónica para mí sigue siendo un punto de obsesión. He tenido momentos en que me he hecho un montón de pruebas al año. Es un miedo irracional que no tenemos solventado, pero me pasa a mí y a mucha gente de mi generación. Sabes qué pasa, que hemos asociado sexo a muerte.

Hay una cierta reiteración de una desolación y aunque no mencionas a tu perro, Cartago, no sé si estaba muy mal cuando lo encontraste…

Primero tuve a Pronto y ahora Cartago que es un galgo que recogí.

En este momento necesitas oler a crío en tu cama para que se pare el tiempo, como tu madre…

No, no tengo esa necesidad. Sí que me gusta tener mucho contacto con mis sobrinos y abrazarlos y olerlos, pero ya tienen 24 y 18 años, así que ya huelen poco a crío. Pero ahora estoy en ese punto… Hace poco nos reunimos toda la familia, mis hermanas, mis cuñados, mis sobrinos, mi madre y estás en ese punto en el que aparentemente todo está en orden y dices qué bien, ojalá no pase nada antinatural. La muerte de un padre entra dentro de lo lógico como la muerte de un abuelo, aunque sean muy abruptas, pero la muerte de un sobrino, de un hijo, eso sí que me produce mucha inquietud.

Llama la atención alguno de los momentos en que te describes sorprendido en Callao, tú que eras la oreja perfecta, pero el mudo perpetuo… ¿Paseas ya con calma también por los silencios?

Yo estoy cómodo dejando de hablar un rato, no me molesta. No tengo que esta continuamente hablando.

Como vidente no tienes precio, porque no querías un trabajo estable ni un horario fijo, aunque lo de no tener novia sí que acertaste…

Y mi padre que decía que el periodismo no tenía futuro.

En eso acierta…

Yo es que me siento incapaz de decir que no a un trabajo, probablemente por la herencia recibida, me veo incapaz. Yo en mi casa he tenido que luchar toda mi vida contra el fantasma del paro y no soy capaz de decirle que no a un trabajo, porque además estoy convencido de que esto se va a acabar y de que algún día se acabará y de que elegir en esta profesión es muy difícil y yo lo he conseguido después de haber trabajado muchísimo, muchísimo, muchísimo.

Para los que se acercan al libro buscando técnicas para trajinarse al chulángano de turno o encontrar confesiones improcedentes va a descubrir otro Jorge…

Estoy recibiendo mails de gente que lo ha leído y está siendo una experiencia tan grata. Hay un mensaje precioso de uno de mis mejores amigos que me decía que estaba en el AVE para ir a Barcelona y me decía que acababa de leer el libro y que le daban ganas de bajarse en Tarragona donde viven mis padres y plantarme delante de ellos, abrazarles y decirles que es quiero. Me parece precioso que alguien te diga eso.

Lo mismo debes repartirlo más en el programa.

Ya me han dicho que va por la cuarta edición. No tenía miedo, yo quería hacer algo sobre todo digno. Un compañero de la profesión literaria me dijo que era un libro honesto y me pareció un halago precioso.

Tienes previsto dejar de hacer recortables con famosos…

Hace mucho tiempo que dejé de hacerlos, sobre el papel digo. Sabes lo que pasa es que yo no decido a mí la vida en el terreno profesional me lleva. Yo me dejo llevar.